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Cartel Urbano
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ENTRE EL SOL Y LA LLUVIA

Réplicas del inminente
Por Carlos Salazar Cely
 
Réplicas del inminente
Por Carlos Salazar Cely
 
Bogotá es un contraste inclemente y maravilloso. La riqueza y el glamour de ingentes centros comerciales que se alzan frente a los cambuches de la miseria de hordas de desplazados o marginados en sus esquinas, las largas filas de árboles que aún parecen defenderse de la invasión de la urbe, destruyendo con sus raíces algunas avenidas, la cordillera que descansa tras el carnaval comercial del centro capitalino. En Bogotá, la madre y el asesino viven en el mismo edificio y se saludan todos los días. Más allá de su riqueza y diversidad en razas, estratos, colores y aromas, el baile de los extremos parece dibujar los trazos determinantes de muchas partes de la ciudad. Bogotá es, en muchas de sus zonas, un símbolo de la polaridad colombiana, el contraste viviente de dos fuerzas que, aunque en pugna, han aprendido a sobrevivirse conjuntamente pero sin la voluntad de una conciliación.

De muchas de estas imágenes, símbolo de esta diferencia que une los hilos del entramado de la ciudad, hay algunas que sobresalen por su fuerza. Este es el caso de la historia de “Camila” y un caballo al que llamaremos: “El carabinero”. Caminando por una de las arterías capitalinas, el revuelo de una decena de curiosos alrededor de una estación de policía frente a mí, llamó mi atención. Al aproximarme vi que se trataba de una yegua agonizante que había sido traída al centro policial por una mujer que se había marchado tras entregarla y haber recibido, seguro, una respuesta de impotencia ante su denuncia. Tras los golpes despiadados de sus victimarios y bajo la debilidad de su inanición, Camila respiraba su estertor con leves bufidos de tristeza, rodeada por los comentarios de los curiosos y el sonido de los radios de los agentes que intentaban desembarazarse del aparatoso incidente. En sus ojos aún se reflejaba el miedo de la tortura pero ya podía leerse el anhelo de la calma. Por las marcas en su cuello y sus costillas prominentes, podía uno darse cuenta de que era uno de los tantos caballos forzados a trabajar más allá de sus fuerzas, día tras día, cargando su hambre y la sevicia de sus amos. Al escuchar a los agentes, confirmé que Camila era otra víctima de la mecánica con la que funcionan la mayoría de esos carruajes capitalinos llamados “zorras”…

Antes de partir, ya incapaz de aguantar por más tiempo la intoxicación de mi impotencia, pude apreciar la entrada triunfante de El carabinero, que me bañó con la fuerza de este contraste capitalino. El carabinero llegó con un policía montado sobre su lomo, imponente en su altura y belleza, y se quedó esperando a que su jinete acabara con alguna visita o diligencia, con la cabeza levantada hacia el cielo, a un lado de la estación, bufando su poder y su suerte, mientras, a unos pocos metros, se moría la huesuda Camila.

Un brillo, de los muchos que sobresalen en la fuerza de este contraste viviente que es la capital.

Un contraste maravilloso, en ocasiones, que resulta como un arcoíris que se asoma tras las montañas, nacido del matrimonio de los soles ardientes y las lluvias torrenciales que se disputan el clima de la ciudad. Uno indecente, a veces, que enseña frente a las sedes de muchos Mac- mac y Burger- Burger -cadenas corporativas símbolo del desperdicio como institución-, el eterno desfile del hambre, y que podría arrojar la conclusión de que Bogotá es, en suma, el contraste de la risotada de la codicia que estalla junto al llanto de la inocencia. 

 

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