
A LIBRERÍA MUERTA, LIBRERÍA PUESTA
Por Darío Rodríguez
Cerrar una librería es mutilar la esperanza. No sólo para los lectores avezados, que encontraban en ella libros nuevos como herramienta hacia el oscuro porvenir y volúmenes clásicos con los cuales entender, soportar el presente. También para aquellos que leían de vez en cuando presos del afán de entretenimiento. El final de una librería es catastrófico sobre todo para quienes aún no se acercan a las páginas ni tienen un hábito lector, ese pasaporte de defensa entre los caóticos sucesos del mundo.
Debido a la aguda crisis económica que afronta España, la librería Catalonia de Barcelona cerró sus puertas tras una larga agonía. No era un puesto de venta cualquiera ni su historia una anécdota breve. Por más de ochenta años individuos de toda clase y rango encontraron en ella el refugio del libro, la posibilidad de enfrentar embates, sobrellevar amores, sospechar sueños e ideas en ese lugar. La respuesta a este literal desastre ha sido, como era previsible, el silencio indiferente. Unas cuantas notas periodísticas, algunas veces desdibujadas, han comentado al vuelo el deceso. Al ciudadano común le resulta natural que una institución histórica e intelectual con el palmarés de la Catalonia se acabe, entendible en un país desajustado, venido a menos, donde el empleo es un milagro, donde la miseria se apodera de todas las vidas, todos los escenarios. Los lectores migrarán a otros locales, el libreto de nuestra época seguirá siendo recitado – persona o cosa que no produzca jugosos billetes, se elimina – y la vieja librería será pronto olvidada.
No obstante, este cercenamiento de la esperanza está gritando una advertencia a los habitantes del siglo que comienza. Se clausuran los sitios donde germinan la libertad, la autonomía que solo brindan esas relaciones autor – lector mediante la palabra escrita, y no se avizora un remedio, no surgen propuestas serias que superen lo meramente comercial en frente de semejante desgracia. Pueden alabarse las bondades de la electrónica y de Internet, la supuesta democratización de la lectura; no faltará quien proclame sin rubor que también en supermercados y almacenes de cadena se compran libros. Pero la conversación, las estrechas relaciones entre quien vende un libro y quien lo compra, vehículo fundamental si de expandir conocimientos o saberes se trata, no tienen reemplazo. Un librero es vital para el lector experimentado o novato, pues conduce y aconseja entre la excesiva oferta de publicaciones, entabla diálogos con su comprador, permite búsquedas. Así, la debacle de una librería es, al mismo tiempo, la anulación del librero como pedagogo y acompañante de la aventura lectora. Si lo anterior se suma al desprecio contemporáneo por el arte de la tertulia o de la discusión inteligente, prefiriendo aglutinar multitudes que consuman arte en vez de asimilarlo o degustarlo despacio, el cuadro fatal está completo.
Una librería es pretexto para los debates y las actividades culturales valiosas, asuntos que requieren dedicación, disponibilidad: justo lo más escaso en estos tiempos de rapidez, de resultados instantáneos. Quizá la librería Catalonia era una incómoda presencia en la ciudad que la cobijó. Ofrecía calma, meditación y pensamiento a una sociedad desenfrenada e impulsiva. No era correcto que siguiera con vida.
¿Alguna solución, alguna réplica desde la dignidad ante la pauperización de las librerías? J. C., anciano narrador de la novela Diario de un mal año, escrita por el premio Nobel surafricano John Maxwell Coetzee , vencido por esta época absurda y práctica que nos tocó enfrentar se plantea el ocaso de la universidad como centro educativo y predice el nacimiento futuro de pequeños grupos clandestinos donde se leerán libros, donde se discutirán los temas eternos de la filosofía y las humanidades, en los sótanos y ratoneras de inmensas metrópolis repletas de autopistas y centros comerciales. Ese quizás sea el porvenir de las librerías tal como las hemos conocido. Ya no amplias vitrinas ni espacios gigantes, sino incógnitos habitáculos destinados a tres o cuatro lúcidos gatos que lean y por ende existan con probidad, haciendo honesto su paso por este mundo necio.
La librería Catalonia de Barcelona, entonces, no ha desaparecido. Hay que esperar un poco. Deben estar brotando, dentro de habitaciones oscuras e insignificantes, al paso de unos cuantos lectores silenciosos, muchísimas y diminutas Catalonias por todo el territorio del idioma español. “Leer es vivir” escribió el poeta portugués Fernando Pessoa, “procurad ahora por hacerlo”. La callada resistencia sólo está empezando.