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Cartel Urbano
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LOS ÍDOLOS NUNCA MUEREN

La rabona
Por Iván Salazar

Al final, un trance. Algo sucede y ¡kaput!, el reloj se detiene. La vida no se queda con nada. Es justa, en medio de todo. Tan justa que hasta aparta un sitio especial para que, entre nosotros (los simples mortales), sobreviva la figura del ídolo.
La rabona
Por Iván Salazar


Al final, un trance. Algo sucede y ¡kaput!, el reloj se detiene. La vida no se queda con nada. Es justa, en medio de todo. Tan justa que hasta aparta un sitio especial para que, entre nosotros (los simples mortales), sobreviva la figura del ídolo.

Miguel Calero nació en Ginebra, Valle del Cauca, el 14 de abril de 1971 y murió en Tlalpan, Ciudad de México, el pasado 4 de diciembre. Algo le sucedió a su reloj natural y ¡kaput!, se detuvo. Las manecillas, dice el parte oficial, suspendieron su marcha alrededor de las 12.   

Hace veinte años Juan Gilberto Funes, “El Búfalo de San Luis”, recorrió el mismo camino. Murió cuando todo auguraba para él una gloria mayor. No había alcanzado los treinta pero sí un palmarés envidiable. Había sido goleador de Millonarios —donde se topó con la fama—, campeón de la Copa Libertadores con River Plate, convocado para algunos partidos oficiales junto a la selección Argentina con miras al Mundial de Italia 90. Pero ¡kaput!, un buen día su corazón le dijo: “hasta aquí nos trajo el reloj”.  

Para quienes no saben, Radamel Falcao García, nuestro “Tigre”, le debe su nombre a un jugador brasilero apellidado Falcão. Paulo Roberto Falcão, de hecho. Un centrocampista que, al margen de clubes, brilló con luz propia en aquella Verde-amarela de ensueño que logró su mayor esplendor en España 82. En honor a él fue que el padre de Radamel bautizó al muchacho.

El ídolo de Zinedine Zidane, el último 10 en propiedad de Francia, fue Enzo Francescoli, aquel jugador uruguayo de gambeta exquisita que, a punta de magia, se hizo inmortal para la hinchada de River. Por eso no es de extrañar que el primer hijo de Zidane se llame Enzo.

Hace unos años, un amigo puso a un peluquero en aprietos. Se sentó en la butaca y le dijo: “quiero un corte a lo Funes”. “¿Quién es ese?”, le preguntó el hombre que había salido a atenderlo. Así que mi amigo le contó toda la historia. ¡Toda! De la “A” a la “Z”. ¡Toda! Porque Juan Gilberto Funes, nombre que hoy en día lleva el estadio provincial de La Punta, San Luis, había sido su ídolo.

Por todo esto, el anhelo que expresó el ídolo de Colombia y México, Miguel Ángel Calero, el día en que anunció su retiro -“Si volviera a nacer me llamaría Miguel Calero, sería portero y defendería a huevo los colores del Pachuca.”-, es ya un hecho cumplido. ¡Aquí! ¡Allá! En todo tiempo y lugar. Porque de ahora en adelante, cada que alguien invoque su nombre y cuente su historia, renacerá una y mil veces. Como el modelo de un niño. Con su cachucha bien puesta y el rostro sudado. Para algunos riñendo, provocando a algún jugador o la hinchada, como parte del show. Para otros enorme, con el ceño fruncido, a punto de tapar un penal. O simplemente arrojado, con las pelotas bien puestas, corriendo a cabecear un tiro de esquina. Vistiendo casacas de colores vivos, alegres. Sonriendo. Con sus ojos de cóndor, volando de palo en palo. Dispuesto a batallar hasta el pitido final. 

 

 
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