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Cartel Urbano
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NAVIDAD Y RECIBID

Desde el ombligo
Por Gonzalo Valderrama
 
Desde el ombligo
Por Gonzalo Valderrama
 

Nada qué hacer: escribo sobre el tema inevitable del mes: la Navidad, apócope de natividad, sinónimo de nacimiento... ¿Del Niño Dios?¿De Papá Noel? ¿Del Tío Cosa? ¿Quién nació en Navidad? Pues mucha gente, desde tiempos memoriales, pero las encuestas en nuestro planeta natal dan como ganador a Jesús de Nazareth.

Don Jesús, según la leyenda, nació el 24 de diciembre del año 0. En ese entonces no existía el concepto de la Navidad, por lo tanto nadie le trajo regalitos del Divino Niño, ni de San Taclós, que aún no había sido parido.

En ese entonces, los Estados Unidos de Europa eran Roma -para ver que ahora es tan sólo una fábrica mundial de de pizza, porno, trachettos y música para planchar en el año 2030-, tierra natal de Eros Ramazotti, Laura Paussinni, la Cicciolina y el Topo Giggio.

Luego de 21 siglos de evolución, el natalicio de Chuchito se convirtió en lo que todos sabemos: la época más alegre del año, según los medios masivos y los centros comerciales; la época más depresiva de la vida, según la Asociación Mundial de Suicidas.

Se desempolvan los éxitos de la Billo’s Caracas Boys; se desvaran los Joselito’s Fifty Boys e Iván & sus Bam-Band Theory; se reestrenan ciertos clásicos del cine, por los que la Sagrada Familia no recibe regalías, y Jorge Barón les echa agüita bendita a los hogares colombianos, acompañándolos en la cuenta regresiva hacia la nada.

¡Feliz Navidad!, gritan personas en varios idiomas (excepto en árabe, yiddish y desesperanto). Traducción: dame regalos para paliar mi soledad, que yo te daré los tuyos. Todos somos buenos por 9 días, mientras en el pesebre betlemita a escala, adornado con figuritas de caja de cereales, aparece el ansiado bebé. Incluso la bondad se extiende una semana más, mientras se acaba el año, como para que no digan... y los buenos propósitos... y el guayabo inmoral... y la pereza de desarmar el arbolito... ¡en fin!

A mí, al igual que muchos mortales, me disgusta la Navidad (¡Bonita la hora de hacer el comentario!). Sé que es poco original el manifiesto, pero si este texto no salía del corazón, no sería creíble.

No me gusta, porque lo odio. Lo odio porque me cae mal. Me cae mal porque lo aborrezco... y porque me aborrece. Yo tampoco le gusto a diciembre. Nos la vamos mal, diciembre y yo, debido a que yo soy querido o malparido con los demás por igual durante todos los meses del año. Yo doy regalos todos los días, porque soy un regalado. Hago fiestas todas las semanas sin que me lo dictaminen las agencias de publicidad, mis parientes o el cura de la esquina. Yo soy un niño divino con todos mis amiguitos y amiguitas.

Si así hicieran quienes hacen su agosto en el último mes del año, tendrían ganancias durante los otros once; menos, pero regulares... y no se tendrían que preocupar por la prima navideña, ni por las culebras enerinas... porque habría doce chances para ser felices como las lombrices de Ron McDonnald, felices non-stop.

Eso sí, me parece igualmente absurdo el grinchismo agresivo, el de quienes ofenden y atacan a quienes se se esperanzan en esta época… las últimas dos quincenas del ciclo terrestre alrededor de esta estrella menor, ad portas del blanco enanismo, a la que llamamos Sol, como a ciertas primas sexis. Cada mes, cada siglo, cada era involucra una creencia y una fe… y las montañas siguen ahí, quietas y retadoras para la voluntad humana. Todos necesitamos creer en algo y ser amados. Todos somos buenos. Stop. 

 

 

 
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