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Cartel Urbano
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BREVE BESTIARIO VIAL DE BOGOTÁ II

Réplicas del inminente
Por Carlos Salazar Cely
 
Réplicas del inminente
Por Carlos Salazar Cely
 
Sigamos, entonces, con este pequeño animalario mitológico de las bestias y criaturas que conforman la cosmogonía del tráfico capital. Para los que no han entendido mucho o ni una palabra de esto, tratándose de una continuación, han de remitirse a la réplica inminente de la semana pasada, que contiene la explicación e introducción a este bestiario vial bogotano.
Continuemos:  
 
Ícaro, el moscardón motorizado
Este motociclista capitalino serpentea su vuelo, a toda velocidad, por las arterias y avenidas del sistema circulatorio de Bogotá, entre el resto de enjambres y automóviles, su sinfonía de motor es un ataque insectil que zumba por toda la ciudad. El disparo sonoro de su aleteo varia de abeja a moscardón y a abejorro, pero, por lo general, es muy molesto e, incluso, gracias a la cantidad de especímenes que llegan a agruparse en un semáforo, puede ocasionar sordera temporal. Sus alas terminan por derretirse al calor de su ritmo y muchos de ellos se estrellan contra un bus o acaban saltando por los aires, en las fauces de algún “Mad Max”, espichados contra alguna pared o enredados en la gran telaraña capitalina, gracias a la conjura de su afán. Muchos de estos míticos moscardones sobreviven de la mensajería y los domicilios, lo que incrementa el ritmo de su aleteo y la premura del vuelo de su corta vida.
 
Baco hurtó el trineo de Santa
La máscara de esta deidad y sus trastornos febriles no se ven solamente en estas fiestas de fin de año. Aunque su ánimo, disposición y dipsomanía sean, sí, las de un eterno decembrino, este ser de vino en las venas transita la capital de manera bastante significativa todos los jueves, viernes y sábados del año. El sopor de su máscara etílica, mezclado con su ego, lo convencen de que está en completo uso de sus facultades, tras ingerir litros de licor, y de que es una suerte de Papá Noel a bordo de su alegre trineo de carnaval. Más que en un trineo, la suya se torna la carroza de la muerte y termina transformado, simplemente, en el triste payaso asesino del tráfico capitalino.
 
La maldición del extranjero

Este ser, más cercano al personaje de Camus que al extranjero internacional que visita la capital bogotana, es un tierno hobbit quesale todas las mañanas de su comarca, por las mismas rutas, y- por la maldición del olvido que pesa sobre él- vuelve a vivir la tragedia vial del mismo tráfico capitalino de cada día como si fuera la primera vez. Sufre cada afronta y ofensa como por vez primera, un día tras otro. Parte del conjuro lo lleva a quejarse como única respuesta, pues, aunque llegan a hervir hasta la muerte, la mayoría de ellos nunca encuentra la luz para defenderse del conjuro de su rutina. Tras dejar su casa y su comarca, como decíamos, manejando con un silbido mientras sintoniza algo en la radio, se topa con el concebido trancón mítico y rutinario y empieza a hervir, metro a metro, pito a pito, cruce a cruce. Algunas veces llega a hervir gradualmente hasta la oficina y allí lo olvida todo- como parte de su maldición endémica- hasta la nueva cruzada de regreso a casa, y que vive con la sorpresa de una nueva tragedia. Muchos, sin embargo, terminan convertidos en gnomos gritones que se suman a feroces batallas verbales o corporales, hierven hasta reventar en alguna arteria, contra algún taxista, peatón o cualquier otra de las criaturas de la cosmogonía vial. Algunos de ellos estallan de muerte, incluso, contra su propio reflejo:… Se topan con otro “extranjero”. 

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