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Cartel Urbano
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LOS PERIODISTAS SIEMPRE MIENTEN

Otro payaso en la lavadora
Por Daniel Bonilla
 
Otro payaso en la lavadora
Por Daniel Bonilla
 

Pero también los abogados, los políticos, los profesores, los publicistas, los comerciantes (sobre todo ellos), los curas y los científicos. Todos mentimos inevitablemente, pero no tiene que ver con eso de que en algún momento de nuestras vidas tenemos el impulso de decir mentiras para encubrir un error, traicionar a alguien o lograr un beneficio extra. Repito, todos mentimos, y hasta estas líneas no deberían considerarse como otra cosa distinta. Surge entonces la insalvable paradoja: Si el enunciado “siempre se miente” es falso, no existe manera alguna de comprobar la veracidad de mis palabras. Por eso todo dependerá de si alguien quiere creer o no.

Para desgracia de muchos, esta paradoja es imposible de resolver satisfactoriamente sin que se caiga en lo que los lógicos llaman un bucle, que visto de otro modo no es más que un vacío de sentido. Si quieren saber qué es un bucle, recomiendo Alicia en el país de la maravillas; la mayoría de cuadros de Maurits Cornelis Escher, las películas Inception, 12 monos, Donnie Darko, Terminator y Volver al futuro; jugar una partida de ajedrez y quedar en tablas por repetición de jugadas; mirarse en espejos enfrentados; preguntarle a un amigo matemático o, simplemente, si la pereza impide todo lo anterior, ir a wikipedia.

Las palabras, dichas o escritas, en últimas, son una cuestión de creencia. Lo temerario es que esa creencia depende del poder que ostente quien la emite. Es decir, estamos ante un problema que involucra no la certeza de algo que se dice sino de la capacidad de convencimiento y por ahí derecho, de sometimiento. Ninguna palabra tiene sentido en sí misma, solo lo adquiere en tanto quien la recibe sanciona de alguna manera ese sentido. Con ello, es posible invertir el esquema habitual de la comunicación. No preexiste un mensaje que un emisor envía a un receptor, porque todo aquello que es lanzado por el primero, el segundo lo recibe y lo acomoda a su forma de ver el mundo.

La comunicación entre seres humanos es una ilusión. Al final cada quien cree lo que quiere creer, o mejor aún, cree de acuerdo con la manera en que se le ha enseñado a hacerlo. Y esa enseñanza involucra la familia, el sistema educativo, la religión, el idioma. Como individuos no queremos saber nada de la verdad, resulta más cómodo que sea la televisión, los funcionarios por los que votamos, nuestros padres o nuestros maestros quienes la determinen para nosotros. Y así, el resultado es un maremágnum no de verdades sino de versiones e interpretaciones del mundo y el entorno con las que comulgamos o a las que rechazamos.

Esta falacia de la comunicación no nos deja más camino que pensar que toda forma de periodismo es una ficción generalizada. Alguien podría no estar de acuerdo con ello, argumentar lo contrario y defender la necesidad y el derecho a informar y ser informados con la mayor veracidad posible. Esto implica un problema moral de paso, se nos complica el asunto, porque la versión mayormente aceptada es que sentirse engañado es sinónimo de pasar por tonto. La felicidad de los niños termina cuando empiezan a sospechar que existe algo llamado engaño, antes de eso, no saber y no diferenciar el engaño de la verdad y confundir el truco con la realidad es lo más parecido al paraíso.

Conforme crecemos nos volvemos cada vez más esclavos de esas verdades que han sido construidas para nosotros: si sale en la tele es cierto, si lo dice el científico reputado es cierto, si lo dice el juez el acusado es culpable, si el presidente dice que tal o cual acto es terrorismo entonces mi vecino es terrorista. Vivimos en un mundo sostenido por ficciones de todo tipo y cuando, por alguna razón, esas ficciones dejan asomar lo que hay detrás, advertimos con horror. No existe atentado más grande para un individuo que derrumbar sus creencias y a eso todos nos aferramos con uñas y dientes. 

 

 
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