
EL IMPERIO DISNEY COMPRATACA
Ni siquiera la superfranquicia creada por George Lucas, con todo su ejército de nerdos, pudo negarse a la oferta hecha porl el imperio de imperios Disney, que le compró la compañía al bonachón de Lucas por solo cuatro billoncitos más la ñapa (cincuenta millones), así como quien compra cuatro mil de pan y le enciman uno. Hay que recordar que el año pasado Disney también compró al emporio comiquero Marvel, creador de El Hombre araña, los X-men, Hulk y el Capitán América, entre otros. ¿Qué sigue después? ¿los derechos de Condorito y Mafalda? Suena como un chiste, pero en esta época de escasez creativa en la cual se hacen películas basadas hasta en juegos de mesa, quién sabe.
Pero, ¿cuál es la razón por la que esta noticia resonó tanto para el público? El ateísta militante Christopher Hitchens, después de citar un diálogo de la película original en uno de sus debates, le demostraba a su audiencia que él también era perfectamente capaz de citar las escrituras. He aquí la médula del asunto. Star Wars tiene sus feligreses, que son quienes establecen el canon de su querida religión. Y como en toda religión existen enemistades (como la rivalidad con los trekies) e intentos de cismas como las historias alternativas que se pueden encontrar en el universo expandido de los comics y libros. Al final es el éxito comercial el que se encarga de marcar las pautas de lo que es o no es Star Wars.
El material que compone las películas es en sí un batiburrillo de diferentes elementos: un homenaje a los seriales espaciales de los años cincuenta y sesenta (Flash Gordon, Buck Rogers), a los relatos Pulp de aventuras, los westerns y las películas de samuráis, todo mezclado con elementos mitológicos y místicos más o menos delineados (Lucas fue influenciado por la obra del mitologista Joseph Campbell). Todo esto nos revela el carácter experimental de los filmes originales, pero que a pesar de esta circunstancia resonaron como la explosión de la estrella de la muerte en la psique de su generación. Esta curiosa ópera espacial (cuidado con llamarla ciencia ficción, no sea que se ofendan los trekies) cambió radicalmente la dirección de la industria de Hollywood que inicialmente rechazaba y estableció las pautas del cine comercial venidero. La periferia que se convirtió en canon puso en marcha la locura de las trilogías de Spielberg y Zemeckis y cuenta entre sus más recientes herederos a Matrix y El Señor de los Anillos.
Si tratáramos de explicar la premisa de los filmes a las futuras generaciones, tal vez nos encontraríamos con un dejo de burla al hacerlo. ¿Cómo hacerlo? Es la aventura de un vaquero espacial granuja, un granjero intergaláctico que bebe leche azul, una princesa con cojones, un mago tipo Gandalf y un furry de dos metros, que entran en conflicto con un imperio malvado. Acompañando a nuestros héroes encontramos a dos androides, uno afeminado y con acento inglés, y el otro, una lata de basura con actitud rebelde que se comunica silbando. En el bando del imperio nos encontramos con un samurái robótico y de respiración siniestra y un emperador perverso que se oculta en las sombras. Y sin embargo, para quienes vieron los filmes en el contexto cultural en que fueron creados, el efecto debió haber sido similar a descubrir por primera vez en la década de los cuarenta las aventuras y desventuras de Dorothy junto con el espantapájaros descerebrado, el hombre de lata descorazonado y el león cobarde en la mágica tierra de Oz. Es imposible competir con la nostalgia. Y mientras el buena papa de Lucas se dedica a regalar el dinero que no se puede gastar en diez vidas, yo, y seguramente muchos otros, albergamos la esperanza de que el futuro de Star Wars vuelva a resucitar el asombro en nuestros seres, o que por lo menos no sea una porquería.