
UN EJERCICIO DE ADMIRACIÓN
Pero más allá de lo estrictamente protocolario de la celebración del cumpleaños de una entidad cultural financiada por el Estado, en mi caso particular, lo que existe es un profundo agradecimiento por haber hecho parte del proceso que culminó con la publicación de la caja.
Todo empezó hace unos siete u ocho meses cuando recibí una llamada. Emprendí la tarea encomendada de registrar y compilar los testimonios de los músicos actuales de la Orquesta Filarmónica de Bogotá, incluyendo los jefes de grupo, los tres concertinos y toda la plantilla titular, y así, dar un espacio merecido, una voz, a aquellos que son el bastión y sostén fundamental de la orquesta.
Una tarea para nada fácil. Fueron aproximadamente cien entrevistas, muchas horas de conversaciones grabadas entre ensayo y ensayo, correos electrónicos, demasiadas palabras e historias sorprendentes y conmovedoras. Al final, la siempre nefasta labor de ordenar, redactar y editar para extraer lo sustancial, a veces prescindiendo de fragmentos importantes porque los límites de la publicación así lo exigían.
Dos meses de peregrinaje, persiguiendo, indagando y a veces acosando a los músicos para lograr el tan preciado testimonio. Dos meses en los cuales me sentí un poco como William, aquel reportero adolescente de la película Almost famous que viaja con una banda para lograr un reportaje, y encontrar que detrás de aquello que denominamos “orquesta”, se tejen día tras día infinidad de historias a cual más sorprendente.
Por supuesto, tuve que lidiar con temperamentos difíciles y posiciones artísticas y políticas radicales; con la negación total por parte de algunos para dar declaraciones así como con testimonios dolorosos, frente a los cuales tuve que contener lágrimas. Pero en últimas, fue esta una experiencia de aprendizaje como pocas, escuchando a los responsables directos del engranaje interno de esta orquesta. Allí, en mi memoria, quedarán largo rato el contador de cuentos, el portador del instrumento más antiguo de la orquesta, los varios roqueros y salseros, el mariachi, la legión extranjera, y toda esa familia heterogénea, que en cada palabra dicha dejó asomar un fervor único por la música.
Es así que la parcela que me fue otorgada en la confección de este libro se construyó con las múltiples voces de otros, para las cuales yo simplemente oficié de transcriptor. Lo único que espero es haber hecho justicia a esas palabras que me fueron encomendadas y que, ojalá, algo de la emoción que sentí haya quedado consignada en este libro.
Para finalizar, una mención obligada. Bernardo Hoyos, maestro de muchos y prologuista de la sección a la que he aludido en estas líneas, falleció sin poder ver los libros salir de la imprenta. Sus palabras no deberían merecer el olvido y a ese fin, en algo contribuye esta publicación.
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