
LAS MALCRIADAS
26/Nov/2012
Por Santiago Rivas
Por Santiago Rivas
Si a mí alguien me invita a ir a teatro diciendo “vamos a ver una obra sobre empleadas domésticas y patronas” es muy posible que ese alguien se convierta en objeto de mis burlas durante meses. No solamente no habría ido, habría dedicado muchas horas de mi vida a especular sobre todos los posibles esperpentos que pueden salir de esa sola proposición, desde un stand up comedy mediocre como el que se hace en este país, hasta una obra parcializada a favor de uno u otro bando como si se tratara de la verdadera lucha de clases, no importa si los que empuñan las armas son las vejadas trabajadoras o los indignados patrones. En resumidas cuentas, no iría a semejante prospecto de bodrio.
Afortunadamente mi amiga me dijo “acompáñame a ver la obra de una amiga”. Llegué a la Casa General Castellana sin tener idea de lo que me esperaba y solamente en la entrada me enteré de qué se trataba. En ese momento no pensaba en ninguna de las ociosidades del primer párrafo, simplemente era “la obra de una amiga. “Las Malcriadas” resultó ser una grata sorpresa, por muchas razones. No sé mucho de teatro, pero vamos a ver qué logro elaborar a partir de acá.
Lo primero es que se trata de una obra bien dirigida y bien actuada. Ana María Escobar, Bárbara Perea y Julieth Restrepo logran un grupo compacto de muy buen nivel y ritmo muy alto durante toda la obra. La dirección es impecable, porque el ritmo de la obra y la forma en que los cuadros se intercalan, la elección del formato de sketches y lo sencillo de la puesta en escena son soluciones que permiten sacar todo el jugo a este grupo de actrices, que hacen uso de todas las herramientas de la comedia. Es fabuloso oír todas las voces que alcanzan a sonar, las caras que hacen, las distintas posturas que toman. No todos los cuadros son igual de buenos, pero no hay ninguno malo. Se nota a leguas que Nowicki se divirtió tanto como nosotros lo hicimos con el talento de estas tres mujeres.
Lo segundo es que se trata de un ejercicio de construcción colectiva, que a pesar de tener una propuesta que combina muchos tipos de comedia sigue sin ser empalagosa; se siente uno en una conversación con amigos, lo que me hace pensar que tal vez el proceso de creación fue básicamente eso: una conversación entre amigos que dio vida a este ejercicio teatral. El texto es una serie de testimonios de la vida real, recopilados por todo el grupo y que incluyen una historia del programa “Séptimo Día” (mi cuadro favorito, además), en donde casi sin modificar se exponen las quejas de unas y de otras, empleadas y patronas por igual.
Después está el asunto de clase. Ante el dilema que podría plantear del lado de quién se puede estar, se pasa por encima de esta cuestión con un gran desparpajo. Se les da duro a ambos “bandos”. A veces pareciera que el texto se parcializa a favor de las patronas, pero en la forma en que se representan sus quejas está claro que es una obra comprometida solo consigo misma. Por encima de todo está la comedia, la parodia de una guerra intestina que de importante tiene mucho, pero al tiempo es completamente irrelevante.
Así que inauguro mi espacio de crítica cultural con un artículo lleno de flores para esta obra, que si bien no es una obra mayor, ni un clásico en ciernes, es una obra muy entretenida y un ejercicio que además valdría la pena replicar muchas veces, porque si algo le hace falta a esta ciudad son ejercicios colectivos de este estilo.
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