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Cartel Urbano
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BOGOTÁ EN ONETTI

Réplicas del inminente
Por Carlos Salazar Cely
 
“… el rumor de la lluvia hablaba de revanchas
y de méritos reconocidos, proclamaba la necesidad de que un hecho final diera sentido a los años muertos.”
Réplicas del inminente
Por Carlos Salazar Cely
 
“… el rumor de la lluvia hablaba de revanchas
y de méritos reconocidos, proclamaba la necesidad de que un hecho final diera sentido a los años muertos.”
 
Juan Carlos Onetti, EL ASTILLERO
 
De las imborrables letras del “Boom” latinoamericano- celebrado y recordado, este año- creo que fueron las de Onetti, más que las de Márquez, las que consiguieron simbolizar algo de la esencia bogotana. Más que las del colombiano, o cualquier otra de las figuras representativas de aquél fenómeno, creo que las palabras del uruguayo son las que aún hoy contienen un halo del espíritu de nuestra capital. Mucho más que “El olor de la guayaba” de nuestro nobel colombiano, es el hastío sosegado que se respira en el humo de “El Astillero” y la calma chicha de la plaza de Santa María- que deriva en asesinatos soñados y consumados en la fría costumbre- y el tono de grises con el que Onetti dibuja su ciudad y sus personajes, los que reflejan la capital colombiana. Retrató la esencia de nuestra capital y la de muchas otras del mundo. Tanto que, en algunas latinoamericanas y españolas, incluso, ya no se consigue distinguir muy bien su calidad de inspiración o derivación del universo onettiano. Es en la obra del uruguayo, también, que yo respiro el tufo de mi bogotazo personal; más que en ninguna otra de las obras emblema de ese gran boom- bang que estalló hace cincuenta años.

Gabo no parece incluir a Bogotá en su ficción, ni ser muy empático a sus movimientos. La menciona al describir su traumática experiencia capitalina en “Vivir para contarla” y su descripción nos permite intuir la causa de esta omisión. La magnitud de su obra y su mirada, nos obligan a excusarla.  

En Cortázar y sus universos cabemos todos, todos caemos en el ancho de su imaginación y, sin duda, nuestra capital es una “Casa tomada”, pero a nivel de esencia urbana, oliendo el polvo en las ciudades de sus novelas, del lado de acá y de allá, no parece adivinarse, tampoco, el tufo bogotano. Nunca, tanto como en los humos que respira ese animal mitológico que es la Santa María de Onetti.   

En la “Guerra del fin del mundo” de Vargas Llosa podemos adivinar claros síntomas capitalinos o identificarnos con algunos de los personajes de su extensa obra, pero, de nuevo, nunca tanto como en la mirada del uruguayo.

Igual con Fuentes…

Es Onetti, por su esencia, su tono, su procedencia y su naturaleza, el que logra intuir parte de la médula bogotana en su obra. Son sus delirios y personajes errantes, sus putas y sus obreros, sus negociantes y sus sobrevivientes de ruinosa rutina asesina de todos los días los que mejor retratan el odio sosegado y la burla maltrecha que se dibuja en la mueca de nuestra urbanidad. En la atmósfera de Santa María veo el reflejo de Bogotá como a través de la opaca ventana desde la que Onetti sueña sus ficciones, escondido tras un vaso de whisky con agua y el prisma humeante de su cigarrillo inevitable, rendido al sopor de su descubrimiento. En la misma figura de Onetti y su ritmo sospecho algo de nuestra ciudad y su mágico letargo, en la risa sin sonrisa de ese uruguayo que un día, en pantalón de pijama y sin camisa, entre sueños santamarianos, se disculpó ante un grupo de estudiantes que venían a conocerlo por atender a la puerta con sólo dos dientes… Y es que, según les explicó después, con motivo de algún premio o conferencia, le había prestado el resto a un tal Vargas Llosa.  

 

 

 
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