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MALPARIDEZ MODE: ON

Cartel Urbano
Desde el ombligo
Columna de Gonzalo Valderrama
Desde el ombligo
Columna de Gonzalo Valderrama

Busque en Google la palabra “malparidez”; y verá que aparecen más de 44.000 intentos fallidos de definición de uno de los conceptos menos definibles del siglo XX. 44.700 subjetivísimas acepciones de eso que quienes la hemos saboreado con la lengua anímica sabemos que sólo se puede definir cuando se experimenta. Quien la vive es quien la padece.

-¿Qué tiene, marica? Está como rara.

-Ando con la malparidez alborotada. No me toree… ♪ porque sé que la puedo lastimar ♪

Malparidez, a secas. Malparidez cósmica. Malparidez egipcia. Malparidity. La Malpa. La epidemia más pop de la era cuaternaria. No tiene nada que ver con haber nacido en medio de una mala praxis en el pabellón de pediatría de un hospital de garaje. No, señora; tampoco es la esencia del malparido, ese ser genocida que todos llevamos dentro, y que sí es producto de un pésimo parto; ese que nos hace decirle “No tengo un peso, mono” al mendigo inane, cuando nos sobran $10.000 en monedas de $50. Ese que nos hace hacer sufrir gratuitamente al prójimo. No. 

Yo, como todo un profesional de la malparidez, la cual vengo ejerciendo con juicio desde 1988, cuando cumplí mi mayoría de edad, me dispongo a aportar la definición no. 44.701 a esa lista de gaseosidades… ¿Puedo?... OK.

Los malditos poetas malditos del siglo de Bodeler, Rambó y Geithner le llamaban ennui (aburrimiento). Los ingleses de esos mismos días le decían spleen (anglosajona palabra equivalente a bazo, esa víscera que duele cuando trotas sin saber respirar, por el Parque Nacional). Los renacentistas la apodaron alias melancholia (e la infinita tristeza). Hay gente así. En Colombia, el 202º país más feliz del mundo, la bautizamos, en la pila de los conceptos circunstanfláuticos, malparidez.

Sí; pero ¿qué demonios es la malparidez, señor columnista?

Esta es mi versión personal: la malparidez es esa sensación que le invade los ganglios un domingo a las 4:44 cuando no hay un solo amigo en 10 cuadras a la redonda y usted puede oler el ocaso en pleno estruendo horizontal, mientras un transistor aúlla, desde la cabina del celador de la cuadra, un gooooooooooooool de 25 segundos. Las campanas rotas de la iglesia repican, azuzando a un combo de chandosos, que ladran como gozques, con malparidez canina, mientras tres tristes niños echan a rodar, cuesta abajo, una llanta de bus en llamas. No hay Internet.

¿Otro ejemplo? Bueno. Si tanto insiste…

¿Le ha pasado, algún día del tercer milenio, que tropieza con todo ser vivo que anda en las aceras y corredores de su ciudad, a lo Sinfonía Agridulce? ¿Sí?... ¡Le presento a La Malpa!

¿Ha amanecido con los cuatro pies izquierdos, sintiendo que es un lunes total… pero ya es viernes? No tiene novia ni perro ni crema dental… y da la casualidad que justo ese día es su cumpleaños infeliz… y hace mucho se marchitó su sueño de ser músico o algo... ¡Tenga!... Malparidez.

¿Siente que todos sus vecinos le muestran la lengua y le hacen morisquetas a sus espaldas, porque sí? ¿Que todas las canciones de Pink Floyd + Radio Head + Johnie Cash Rivera le pegan, cual autobiografía? ¡Ajá!... Malpis.

En fin, como diría Augusta Montealegre… 

Y cuando despiertes…

El dinosaurio de la Malparidez todavía estará allí.

O, como cantarían, jinchos de la perra, los Goliardos (los Recochan Boys del Medioevo), quienes la tenían bien clara…

¡Oh, fortuna!

Igualita a la Luna

Variable como un verraco

Una sola crecedera y menguadera

¡Vida hijuemadre!

La Malparidez, esa que sé que usted padece, desconocido lector atrapado en la red, habita en nuestras glándulas desde hace eones… y nada la sacará de allí: ni una canción de Diego Torres, ni un polvo con Anita Toro/Nacho Vidal, ni una bandeja paisa para el alma. Déjala latir adentro; consiéntela. Con paciencia y babitas, se puede convertir en un par de alas para volar al infinito… y más acá.

 

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