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Mis años por el colegio

 Algunos de los peores momentos de mi vida los padecí en el colegio. En particular entre primero de primaria y noveno de bachillerato, cuando estudié en cierto plantel del norte de Bogotá, famoso en esa época por sus buses pintarrajeados y reconocido hoy por su flotilla ultramoderna de pullmans amarillos tipo norteamericano y por haber sido miembro de la elitista Uncoli.

Se trataba, entonces, de un “gimnasio” con nulo interés por las artes y sobredimensionada exaltación de las aptitudes deportivas (en particular futbolísticas). Sergio Goycochea (el antipénal) y Mario Vanemerak dictaban clases los sábados. Eso era rescatable.

Su sede de aquellos tiempos (con salones prefabricados mal acabados) estaba ubicada en predios casi rurales, más allá del tercer puente: calle 174 con carrera 38. Ingresé en 1982 y salí expulsado en 1991.

Fui pésimo estudiante. De esos que se turnaban con los menos listos de sus condiscípulos los últimos puestos del ranking escolar. A mis nulas destrezas matemáticas se sumaban mis discapacidades en educación física, debidas quizás a nunca diagnosticados trastornos psicomotores, acentuados por una fuerte miopía astigmática de la que padezco desde los seis años.

El colegio es fértil terreno para sueños frustrados. En cuarto de primaria, con Nicolás Samper, hoy periodista, fundamos un periódico mecanografiado y fotocopiado llamado Nor-Gerper. En la sección culinaria se explicaba cómo preparar huevos cocidos según la receta de la señora madre de Nelson Prada, compañero reconocido entre nosotros por los tufillos azufrados de ultratumba que emanaban de su lonchera de latón, en especial cuando el sol de mediodía arreciaba.

Con la excusa de nuestras lamentables calificaciones, Ricardo —el rector— proscribió la venta de Nor-Gerper. En respuesta, Nicolás y yo armamos una pandilla de hamponzuelos insurgentes. 

Pretendíamos ser una versión júnior de Los Biyis, cuadrilla de jóvenes agresivos de clase media acantonados en el legendario Uniplay de Unicentro, a donde iban a jugar Space invaders. La llamamos La Hora Cero. A causa de estas primeras incursiones como revolucionarios ambos reprobamos cuarto de primaria. Era 1985.

Nicolás salió del colegio y transcurrieron casi 20 años antes de volverlo a ver. Yo repetí el periodo lectivo en el mismo establecimiento y desde entonces mi vida fue miserable.

Ya en séptimo grado, Andrés Vargas y yo intentamos crear una revista científica. Se llamaba Partícula. De nuevo nos castigaron con injustificada censura y terminamos expuestos a la cuchilla de monsieur Guillotin.

“Todo lo que estás aprendiendo te servirá en el futuro”, aseveraban docentes y familiares. Hoy, más de un cuarto de siglo después, me reafirmo en el concepto sobre lo equivocados que estaban.

Como respuesta fundamos Los Vándalos, organización clandestina especializada en atentados a la planta física del colegio, en la producción de pegatinas, grafitis y panfletos incendiarios y caricaturescos en contra de la institución.

Entre nuestras acciones memorables estuvo la incineración del tupé en forma de corazón que, gracias a apreciables cantidades de fijador Kleer Lac de color morado, adornaba la cabeza de Gladys (profesora de matemáticas). Andrés y yo insertamos varias cerillas dentro de sus tizas, las cuales estallaron cuando ella trataba de explicarnos cómo se resolvía una regla de tres compuesta.

También hicimos historia al incendiar (con gasolina y papel) el techo de paja de los baños, y estampar camisetas profanas con el escudo del colegio invertido y el lema “¡Chao! Aprender a sufrir”, que parodiaba el de la entidad educativa en cuestión: “¡Hola! Aprender a vivir”.

Marieta —coordinadora académica de bachillerato— y el profesorado entero estaban al acecho. El asunto derivó en la expulsión de todos Los Vándalos, incluido yo en último turno. Sinceramente, pienso que el problema era el colegio y no nosotros, por sus numerosos defectos, que a continuación enunciaré.

En primer término, la imposición de un pénsum que en ningún caso se acomodaba a los intereses y necesidades del  individuo ni a sus futuros requerimientos profesionales. En segundo lugar, la

estandarización de un patrón educativo común a seres con personalidades y y dones disímiles. En tercera instancia, el permanente estímulo a un malsano espíritu de competencia y al cultivo de una serie de valores falsos. Eso para no mencionar los detestables uniformes de presidiario (en particular el de gala, con pantalón gris ratón que producía escozor en las piernas), la obligatoriedad de despertarse a las 5:30 a.m., los permanentes abusos de autoridad y las listas de útiles rayanas en la usura, de cuyo paradero uno nunca se enteraba.

Siento que ser mediocre o pésimo estudiante en la infancia no guarda una relación de correspondencia en la vida adulta y que la educación debería tener tal vez un carácter más vocacional que impositivo.

Salí del colegio hace 19 años y es posible que ahora las cosas hayan cambiado. Me recibí de uno más amable, llamado Gimnasio Los Robles, cobijado por el sugestivo lema de “No hay niños problema sino ambientes problema”.

Allá encontré un entorno algo menos estéril para mis anhelos. Ahí, en 1993, conocí a mi amigo y futuro socio Manuel Carreño.

Conseguí graduarme, después de haber impuesto la marca de habilitar matemáticas, álgebra, trigonometría y cálculo, de manera ininterrumpida, entre 1986 y 1994, y de reprobar décimo grado.

De las dos etapas hay personajes a los que evoco con cariño, como Carlos Alzate y Jorge Jiménez, mis maestros de español. O la maternal psicóloga Omaira Triana, mi hada madrina de entonces. Gracias a ellos mi estancia en los centros penitenciarios en mención fue más llevadera.

Al convertirme en egresado me sentí cual reo liberado. La alegría experimentada palió los sufrimientos soportados por trece años.

Aún hoy tengo la pesadilla recurrente de tener que volver al colegio. El sueño es siempre el mismo: en la universidad se dan cuenta (por alguna inexplicable razón) de que hubo materias no completadas en el bachillerato y, en consecuencia, debo regresar para llenar los vacíos. Entonces me veo, ya a mis avanzados 36, metido en las mismas “jaulas” de clase, deseando morirme.

Lo anterior ilustra la marca tormentosa dejada en mi subconsciente por dicha experiencia. Por eso me siento autorizado —hoy más que nunca—  a desmentir a quienes se llenan de orgullo al afirmar que “No hay mejor época que la del colegio”. ¡Masoquistas!

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