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Cuando coleccionar gorras se volvió un riesgo mortal

gorras clasicas bogota

Fotos de Juan Santacruz

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Las cachuchas que llegaron al país en los noventa, con bordados infantiles o de equipos gringos, y que por mucho tiempo fueron exclusivas de los estratos altos, ahora se exhiben como joyas en los barrios populares. En una de las localidades más peligrosas de Bogotá, la moda y las dinámicas del crimen barrial empiezan a cobrar vidas.

Andrés J. López y Juan Santacruz

Un joven de 17 años fue asesinado el pasado julio de una puñalada en el cuello luego de salir de una fiesta, en Ciudad Bolívar. Y no, no fue por meterse con la novia de alguien o por evitar que le robaran el celular. Murió simplemente por llevar una gorra vieja guardia, prendas que aunque muchos consideran de mal gusto, otros son capaces de matar por tenerlas.

Estas gorras, reconocibles por sus elaborados bordados de los personajes de Warner Bros., Disney y de equipos gringos de beisbol, básquetbol o fútbol americano, “llegaron a Colombia durante la época del narcotráfico”, me explica José Martínez, uno de los duros de este negocio en Bogotá. El hombre lleva cuatro años comercializándolas en Plaza España, a precios que pueden ir desde los 15 mil hasta los 350 mil pesos. “Cuando las mulas coronaban sus vueltas en Estados Unidos, las traían para chicanear que habían estado por allá”.

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Hay gorras que han regresado a José hasta cuatro veces. A muchos de sus clientes los roban a los pocos días

 

 

Pero no todos pueden darse el lujo de (o no quieren) pagar tanto por las gorras, razón por la cual muchos esperan verlas en la cabeza de alguien para tumbársela. Así fue como se trasladaron estos artículos de vestir en la ciudad: de los estratos altos y medios pasaron a ocupar habitaciones en las localidades marginadas, como Ciudad Bolívar. Muchos se interesaron y empezaron a coleccionarlas.

“Una vez iba por la calle con un techo —como les dicen a las gorras— de Tom y Jerry que me había costado 90 lucas. De repente llegaron cinco manes, con palos y cuchillos, y me lo tumbaron. A veces llegan al punto de dispararle a alguien por robarle una gorra”, comenta Edwin Stiven Cuellar, un coleccionista de apenas 15 años de edad que llegó a tener unas 50 piezas de estas en su poder.

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El amor por estas gorras suele heredarse. Muchas pertenecieron a familiares o personas cercanas

 

 

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Las gorras de Disney llegaban a Colombia desde las tiendas de recuerdos de los parques en Orlando (Florida)

 

 

Según la Policía, desde 2008 empezaron a registrarse este tipo de hurtos en Ciudad Bolívar y otras localidades como Usme, San Cristóbal Sur, Rafael Uribe Uribe y Bosa. En este tiempo se han denunciado ante las autoridades alrededor de una veintena de crímenes relacionados con gorras, los cuales han dejado muertos y heridos a su paso. No obstante, la mayoría de los atracos barriales que se perpetúan a diario nunca se denuncian.

Algunas víctimas se quejan de que sus denuncias no son atendidas con seriedad: “Los pelados llegan a decir que les acaban de robar la gorra y lo único que les responden es ‘¿usted se iba a hacer matar por una cachucha horrible de 10 mil pesos?’”, dice José. Y es que, de acuerdo al protocolo, para que una denuncia sea atendida debe haber un asesinato o un lesionado. Según el Artículo 242 del Código Penal Colombiano, la pena por este tipo de hurto puede ser de dos a cinco años de prisión, sin embargo lo que se castiga es la conducta y no el robo como tal.

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De vez en cuando los coleccionistas son engañados y terminan con imitaciones en sus manos. El estado de la gorra ayuda a determinar su originalidad

 

 

Este tipo de impunidad logra que los menores de edad se pongan a delinquir. La Policía asegura que han atrapado ladrones de gorras desde los 16 años, pero Javier* recuerda la vez que lo tumbó un niño de 13 años: “Eso fue en el barrio Villa Gloria, como a la media noche. Iba con mi gorra cuando llegaron seis manes y cinco de ellos me pelaron los cuchillos. El chinche que los lideraba fue el que se acercó y me la quitó. Esos son los que se creen los más grandes”. Javier ha sido víctima de este tipo de asalto siete veces, una vez incluso cerca de un CAI, cuando iba caminando con su esposa y se le acercaron unos ladrones en moto.

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A veces los más pequeños se las roban a sus propios amigos 

 

 

“Esos parches se la pasan en las esquinas y cuando ven a un pelado solo o yendo a la tienda le caen de sorpresa y aprovechan para robarlo”, cuenta María Nubia, la mamá de Edwin. Ella teme que su hijo sea lastimado o asesinado por el simple hecho de cargar una gorra. El desespero la ha llevado, como a otros familiares, a amenazar a su hijo con romperle las gorras o botarlas. Otros padres de familia las sacan a escondidas para dejárselas a vendedores como José.

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Son pocas las mujeres que usan gorras clásicas. Muchas las compran para regalárselas a sus novios

 

 

Las aulas no están exentas de esta guerra. Andrés Ceballos, coleccionista de 17 años y estudiante del Colegio Dios es Amor, en Lucero Alto, explica que a la entrada o a la salida se suelen ver robos o peleas por una gorra. Él, según su mamá Ofelia Patiño, también ha sido víctima de los cazadores de cachuchas y en 2015 lo robaron y le rompieron la cabeza mientras andaba con un compañero en el barrio Candelaria La Nueva.

El temor ha llevado a que muchos dejen de portar las gorras en público. Edwin solo las usa cuando anda con más gente, y Andrés dentro de su barrio porque si entra a otro es probable que regrese sin ella. Sus familias constantemente les aconsejan que las compren pero que las dejen colgadas en las paredes de sus habitaciones.

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Los coleccionistas aseguran que no importa dónde, en cualquier parte de la localidad los pueden robar

 

 

Eso sí, los ladrones tienen que esconder o sacar el botín del barrio, ya que su rareza lo hace fácilmente reconocible: “Por lo caletos de los modelos, la gente sabe qué es lo que uno tiene, entonces si algún socio ve al que le tumbó la gorra a uno, le caen de una. Nada se queda en Ciudad Bolívar y termina en otros sectores de la ciudad”, añade Edwin. Muchas gorras regresan a las manos de sus vendedores a los pocos días o terminan ofreciéndose en uno de los tantos grupos que hay en Facebook dedicados a su venta o intercambio.

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En estos grupos, además de gorras, también se consiguen chaquetas clásicas o “chompos”

 

 

La crisis de estas gorras en Ciudad Bolívar sigue latente, la mayoría de denuncias son ignoradas y por eso la medida desesperada por la que han optado muchos coleccionistas es simplemente dejarlas de usar. “El robo de techos no se puede detener. Los muchachos no entienden que esto tiene muchos enemigos y, en vez de cuidarlas, se pasean por barrios ajenos chicaneándolas. Siempre son 300 o 400 mil pesos lo que llevan en la cabeza y que los ladrones se mueren por obtener”, agrega José.

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*Nombre cambiado a petición de la fuente.

 

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