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La mánager de modelos webcam: el oficio de enseñar a seducir extranjeros desde Bogotá

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Con 22 años y solo uno como webcamer, Maité ha disfrutado de un ascenso meteórico en la industria local del sexo virtual: de pensar en dejarlo a los dos días pasó a ganarse $2.500.000 quincenalmente. Sus horas delante de la cámara, en una vivienda compartida del barrio de Buenos Aires, las combina con sus estudios de Arte y el liderazgo de su equipo de trabajo, cinco chicas universitarias. “Esto es 30% cuerpo, 60% mentalidad y 10% carisma”, dice.

Andrés J. López / @vicclon

En un apartamento del barrio Buenos Aires, al suroriente de Bogotá, una chica de 22 años se pasea tranquilamente usando solo un panty negro, medias blancas transparentes hasta las rodillas y una camisa blanca, abierta, que deja ver un sostén con encajes y sus enormes senos. Por su mirada y contoneo de caderas, podría pensarse que intenta seducir a este reportero y al fotógrafo que irrumpen en la vivienda, pero esa no es su intención. Su objetivo, el de todos los días, es cautivar a cientos de hombres, de diferentes países del mundo, que la ven a través de una cámara web y le dejan dinero por ello. Maité —el nombre con el que pide ser identificada en esta nota— es una de las tantas webcamers universitarias que hay en la capital. Pero, más allá de eso, esta estudiante de Arte de una universidad al sur de Bogotá, explora sus dotes de gerencia al desempeñarse como mánager de las modelos webcam con las que comparte el apartamento, que en aspecto y ambiente no resulta muy diferente al que se respira en una residencia universitaria.

Junto a Maité viven y trabajan en este lugar otras cinco chicas, entre las que hay estudiantes de Cine, Ciencia Política y una comunicadora social. Algunas aplazaron el semestre para conseguir el dinero de la matrícula o, sencillamente, para meterse de lleno en este negocio, ciertamente lucrativo: una de las más nuevas, en apenas dos meses y medio, se lleva al bolsillo alrededor de un millón de pesos quincenalmente. Maité, en cambio, vive entre su trabajo y los estudios, que nunca ha dejado de lado desde que se inició en este mundo.

El inicio de las webcamers suele darse por la necesidad de pagarse la universidad o, simplemente, por las ansías de tener el dinero para darse sus gustos, sin depender de nadie. En el caso de Maité, ella empezó a desnudarse frente a una webcam por despecho. “En una ocasión, un amigo de la familia se me acercó borracho y me habló del negocio, sobre si me gustaría trabajar con él. Le dije que no pero me quedó la espinita, empecé a investigar y me interesó. Cuando terminé con mi novio, en noviembre del año pasado, recordé todo esto y fui a un estudio en Santa Isabel”, recuerda.

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Desnudarse ante cientos de personas desconocidas no garantiza el éxito inmediato, y ella lo tuvo difícil los dos primeros días. Al tercer día las cosas mejoraron y empezó a facturar. “Por mi carrera ya estaba acostumbrada a quitarme la ropa, pero el primer día fue extraño… No había nadie frente a mí. Creía que esto era puramente sexual y me desvestí y mostré mis pechos, pero no pasó nada —recuerda—. El primer día un chico, muy amable, me dijo que me vistiera, que mi sonrisa le gustaba mucho… y empecé a alejarme de lo carnal para enfocarme en la charla. Al tercer día gané unos dos mil tokens (la moneda virtual con la que les pagan a las webcamers, equivalente a 140 pesos cada uno) sin necesidad de desnudarme. Esa vez aumenté mis espectadores, de 20 a 280 ,y desde ahí el dueño del estudio se interesó en mí, en consentirme y darme luces, trípodes, comida o lo que le pidiera”.

Un mes después, una persona cercana a Juan Bustos —considerado el duro del negocio de webcamers en Colombia por tener el estudio más grande del país, su universidad online y ser el director de la primera revista latinoamericana de este tipo, Camgirl—fue al estudio de Santa Isabel donde estaba Maité. El tipo llegó buscando tres modelos para convertirlas en top, esas que se hacen más de veinte millones quincenalmente, trabajando cuatro horas diarias. Maité fue una de las elegidas porque, en ese momento, ya conseguía cerca de $980.000. Al ver que su éxito despertaba envidia en las otras modelos con las que compartía estudio y sentir que era controlada por lo que hacía en sus ratos libres, Maité se fue a otro lugar, en el Tintal. Allí probó con una nueva cuenta de modelo webcam, pero no le funcionó. A punta de prueba y error, aprendió lo complicado que resulta conseguir clientela nueva. Un mes y medio le bastó para desertar y, finalmente, asociarse con el conocido de Bustos, quien la tiene como manager del estudio donde se encuentra actualmente.

 

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Sentada en un sofá de la sala del apartamento, donde hay un televisor viejo de 21 pulgadas, muebles rojos y negros, un retrato de Marilyn Monroe en la pared y libros como El pirata, de Harold Robbins, y La máquina de follar, de Charles Bukowski, Maité estira sus piernas a placer, y recuerda los primeros pasos que dio para llegar a mánager. Buscando en redes sociales contactaba a las chicas, con las cuales se ponía una cita para después llevarlas a los estudios. Lo hacía, principalmente, por la comisión de cien mil pesos que le daban por cada chica que llevara. Ese modus operandi no siempre resultaba efectivo, pues algunas se retiraban al poco tiempo. “Algo así me ocurrió con la primera chica que metí en esto. Era una amiga y era el prototipo de lo que buscan los hombres: una mujer de cabello largo, delgada, cara bonita y que se muestra sensual ante los demás. Aceptó de una porque veía lo bien que me iba. Pero a ella no le fue bien porque era más sexual que sensual, no era erótica ni hablaba con los clientes. Duró cinco días y no ganó nada. Cuando hacen esto solo por plata no duran. Ellas lo pueden ver como un trabajo a futuro, y eso es lo que yo quiero”.

Maité les ayuda a construir un personaje ante la cámara, pues no todas se sienten conformes siendo ellas mismas. Además de motivarlas, les da dildos o los juguetes que necesiten. Un estudio en Pereira le ha ofrecido asesorar a sus modelos, quienes, si bien pueden tener el físico adecuado, no saben desempeñarse en la cámara. “Esto es 30% cuerpo, 60% mentalidad y 10% carisma”, dice.

Cirse* es una de las chicas que Maité asesora, la que no lleva en esto ni tres meses y se gana dos millones mensuales, aproximadamente. Al encontrarse con este reportero en un parque cercano al estudio se hace evidente que, a diferencia de su mánager, es menos voluptuosa y menos sexual. Ella empezó en esto por el dinero, pero se quedó por gusto. “La asesoría que Maité me da es principalmente psicológica, porque yo incito a las personas a que me den dinero mientras les muestro, les doy lo que quiero y les presto atención, pero no del todo —comenta Cirse—. Cuando empecé, le comentaba lo que me pedían y ella me decía qué hacer y cuánto cobrar… Uno al inicio se regala mucho. Ahora hago mi show, a mi ritmo, y la gente tiene que aguantarse o irse. Ya luego de que te conocen te empiezan a seguir”. A ella también la han asesorado para manejar la cámara y verse más voluptuosa, como ocurre con las actrices porno, una industria en la que no descarta incursionar Maité. Además, a todas las chicas les aseguran alimentación, vivienda, armarios, servicio de salud (a las que no tienen) y un ahorro del 10% que pueden usar en caso de emergencia.

 

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La habitación de Maité, la más amplia del apartamento de tres habitaciones desde las cuales cada una realiza su show, es la única que no es compartida. Tiene una cama doble con cobijas blancas, un espejo, un armario empotrado en la pared y, claro, un computador con cámara web. La habitación no es suntuosa, a pesar de que su ocupante se gana $2.500.000 quincenalmente. Quizás, la sencillez es algo que viene con Maité desde que aprendió a vivir medio mes con solo $20.000 en el bolsillo. También maneja un bajo perfil para no darles muchas pistas a sus clientes, para evitar un posible chantaje y evitar que su familia, a quien convenció de que trabaja como fotógrafa en una revista de moda, sepa de su oficio real.

En la habitación, Maité ingresa a su computador y se dirige a Chaturbate, una de las plataformas más usadas en este negocio junto a MyFreeCams y Cam4. En cada uno de estos sitios web, se observa un amplio listado de webcamers, compuesto por jovencitas, MILF’s y hasta parejas. Según Juan Bustos, en Colombia hay más de 20.000 modelos webcam, que tienen clientes en Argentina, Chile, España, Italia, Alemania, Francia, Nicaragua o Estados Unidos. Maité bloqueó sus sesiones en el país para que nadie la pudiera reconocer. Con algunos de sus clientes habla en inglés, aunque ellos prefieran apoyarse en un traductor y transmitir sus deseos en español a la webcamer.

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Además de pedirle, a Maité le dan. En el armario tiene un arreglo floral, con una tarjeta de regalo, firmada por un tal Tony, un californiano de 42 años que se dedica a ayudar, de manera desinteresada, a webcamers de todo el mundo, según cuenta Maité. Hace cuatro meses lo conoció y, en ese tiempo, el tipo le ha enviado dinero, juguetes sexuales avaluados en medio millón de pesos, un smarthpone y hasta un computador. “Cuando supo que lo que le decía era verdad, me confesó todo y me habló un poco más de él: es empresario, no tiene familia y apoya modelos. Es como el ángel de la guarda de las webcamers: nunca me pide nada sexual y me da consejos sobre cómo cambiar los ángulos de la cámara o usar diferentes vestuarios para cada sesión”.

Como Tony, las sesiones de Maité también son frecuentadas por un leñador anciano que le escribe poemas mientras ella se desnuda. Él viene de vez en cuando y, además de improvisar versos románticos o eróticos, dependiendo del vestuario de Maité, también le da un paseo por su cabaña en medio del bosque. Este tipo de ofrecimientos, dice la webcamer, son comunes, pero a veces los hacen con el fin de obtener datos personales de las chicas, por eso siempre les aconseja tener cuidado y no confiar en cualquiera. Sin embargo, esos clientes son los más valiosos para las webcamers, pues crean vínculos y, según Maité, casi que hasta se enamoran de ellas, por eso vuelven. Otros son los que solo quieren masturbarse y ver a la chica gemir y tocarse, pero estos solo pagan por el rato y nunca vuelven. Otros tienen filias extrañas (o aberraciones, como ellas les dicen) y son expulsados del chat. En cierta ocasión le pidieron que hiciera un dirty (vomitar, defecar y orinar en cámara) pero se rehusó y bloqueó a quien le dijo eso. Cuando la confianza ya es mucha, como pasa con Tony, les dan su Facebook personal.

 

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Antes de acostarse a descansar, Maité realiza su última sesión del día, con el novio, al cual conoció en este trabajo hace tres meses. Es un publicista francés de 25 años que todos los días le habla desde que se levanta, mientras se baña, desayuna, hasta que se va al trabajo. No se han visto en persona pero ya tienen planes para encontrarse, bien sea acá o en Europa.

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Y es que en este negocio de tokens y chats, horas en línea y fetiches, curiosos sexuales y gente bondadosa, hasta el amor se puede encontrar en cualquier inicio de sesión.

 


*Nombre cambiado a petición de la fuente.

Fotos de Ricardo León Jatem.

 

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