Entre las muchas destrezas de quienes compartimos el honor de vivir en Bogotá, está la de ir desarrollando —a fuerza de sufrimientos— un considerable espíritu de sacrificio y de austeridad involuntaria, así como también una cierta disposición hacia la resignación y el estoicismo.
No obstante, hay verdades cuya contundencia es tal que no existe quien pueda desconocerlas. Hay carencias tan inmensas y tan largamente soportadas, que terminan por convertirse en obsesiones. Y eso, incluso a los más conformistas, también nos sucede.
La siguiente lista, como es obvio, parte de frustraciones y ausencias tan válidas como subjetivas, producto de vivir en una ciudad que, en definitiva y como las demás, no lo tiene todo.
1. Un metro
Por obvia, la sola mención debería sobrar. Pero aun así resulta un tanto vergonzoso que, por cuenta de ciertas siniestras figuras todavía respetadas, tales como don Bestiosaurio Brutancur (a quien debemos, entre otros, el ridículo internacional de haber declinado la sede de un mundial de fútbol a un año de su realización), a estas horas sigamos ostentando la vergüenza de ser una de las capitales del mundo más grandes sin una red de trenes metropolitanos.
2. Un zoológico
Ignoro si la posición geográfica de la ciudad la convierta en una plaza poco idónea para tal fin. Pero más allá de eso, sigue siendo un poco triste que para admirar especies salvajes tengamos que ver Animal Planet, o viajar hasta el Zoológico Santacruz, con todas las molestias olfativas y estomacales que el bordear las aromatizadas aguas del río Bogotá trae consigo.
3. Unas curadurías urbanas serias
Si hay un oficio al que podamos responsabilizar de la generosa cantidad de atropellos con los que solemos destrozar nuestra propia historia y nuestro patrimonio, maceta y cincel en mano, es el de las curadurías urbanas. Aún hoy sus directores continúan autorizando la demolición de toda suerte de edificaciones, ante la mirada despreocupada de muchos.
4. Un escenario apropiado para la realización de conciertos
Ir a un concierto en Bogotá es tormentoso e incómodo. Si bien el parque Simón Bolívar ha suplido un tanto esa carencia, lo cierto es que la producción de un evento cualquiera en un lugar como ese termina siendo muchísimo más costosa que en cualquier otro sitio. Los antihigiénicos expendios de comidas (en su mayoría churros, pinchos y frituras de paquete), el clima antipático, la pésima acústica, el piso fangoso y las excesivas medidas de seguridad, empeoran las cosas.
5. Tiendas de barrio en las que no suene vallenato
No entiendo a qué horas ni por qué, en medio de esta fría sabana, el vallenato consiguió instaurarse como la única opción musical en expendios informales de alcohol. Triste es que la mayoría de las cigarrerías, charcuterías, tiendas, minimercados y otros expendios de cerveza hayan coronado al vallenato como al ritmo unigénito y todopoderoso.
6. Un título para Millonarios y otro para Santa Fe
El presente de ambas instituciones es lamentable. A pesar de que las hordas de seguidores leales y desinteresados continúan esperando que algún día sus respectivas escuadras les ofrenden un par de estrellas.
7. Vida nocturna
Salir una noche por la carrera séptima, a la altura del centro, en teoría uno de los puntos con mayor vitalidad, más que atemorizante, se constituye en una experiencia triste. Duele acudir a referentes tan socorridos, pero Buenos Aires o Barcelona nos llevan alguna ventaja.
8. Paraderos fijos de buses
Criadero y escuela de deformación para ciertos conductores atarvanes, la absoluta anarquía a la que aún hoy el sistema de paraderos está sometido en Bogotá es una de las principales causas para la hostilidad anidada en nuestra alma urbana, incrementada por la ausencia de salarios fijos decentes para los conductores de las líneas de autobuses y por esa batalla campal para aglutinar el mayor número posible de pasajeros.





