Estamos solos. Cada vez más. Uno piensa que no, le venden que no, le dicen que la red nos une, nos agrupa, nos concentra, nos vuelve conscientes de los otros lejanos, habitantes de la gran aldea global. Pero no importa lo cerca que nos sintamos, pareciera que cada vez estamos más solos, cada vez más sumergidos en monólogos que fingen ser intercambios, conversaciones o encuentros. Al final solamente hablamos con la máquina, pero la máquina no escucha, sólo asiente.
Alguien, una amiga de una amiga, me pide en Facebook que compartamos un test de afinidad. El test asegura que somos 65% compatibles. Para mí es suficiente, nunca he sido un amigo exigente. Durante meses intercambiamos tests. Al principio comentamos los resultados brevemente pero luego de un rato los números parecen bastar. Nuestra amistad se basa en esos números. Nuestra amistad, para qué mentirnos, son esos números que arrojan los tests de Facebook. De resto sólo recibo regularmente por correo electrónico sus forwards masivos de chistes de mal gusto o advertencias testimoniales sobre las nuevas modalidades de robo (de órganos o valores) en Bogotá. Ni una palabra suya.
A veces soy masoquista, sigo con atención las discusiones políticas que se arman en las secciones de comentarios de los periódicos. Al cabo de un rato siempre descubro, y siempre (no importa cuántas veces me haya pasado antes) me desconcierta, que las participaciones y opiniones de los foristas no cambian ni se modulan de acuerdo a las respuestas que reciben. Cada comentarista expresa insistentemente su posición y luego, en las participaciones subsiguientes, se declara en desacuerdo con lo que quiera que le hayan respondido (en desacuerdo absoluto, sin especificaciones) y reitera lo ya dicho. De nuevo no hay verdadero intercambio. Nadie lee lo que dicen los demás.
He leído artículos donde intentan explicar estos fenómenos en términos de interacción con la interfaz: aunque sabemos que estamos hablando con otra persona al otro extremo del cable, el cerebro, que sigue siendo el mismo que teníamos cuando extinguimos a los buenos y pacíficos neandertales, de alguna manera se rehusa a aceptarlo, creando una sensación de solipsismo leve (como en “sólo YO existo”) que permite ignorar a conveniencia lo que dice el otro a través de la pantalla y, en algunas ocasiones, incluso la misma humanidad de los demás. Por eso ciertas reglas de cortesía mínimas se deshacen en los foros de internet. Por eso personas por lo general cordiales y amables en el trato con el mundo se convierten (nos convertimos) en bestias iracundas e insultantes cuando les (nos) contradicen en un chat. Por eso hay gente pudorosa que se empelota sin problema (y luego baila el can-can) ante la lucecita roja y titilante de la webcam. En el fondo, pese a la evidencia, sospechamos que no hay nadie del otro lado.
Vale la pena preguntarse, de verdad, quién está del otro lado, y de paso, ya que estamos, preguntarse quiénes somos cuando estamos del otro lado. ¿Cómo nos ven? ¿Cómo nos proyectamos? ¿Somos sinceramente lo que somos (lo que quiera que eso signifique) o apenas una versión idealizada de lo que querríamos ser? La interfaz nos protege, es más una muralla que una ventana, por eso nos aísla. Podemos decidir cuánto exponemos y cuánto dejamos oculto. Podemos modificar esas proporciones de exposición de acuerdo no sólo a la persona sino a la circunstancia en la que nos encontramos. Podemos mentir (y lo hacemos) porque es fácil y no daña a nadie que exista realmente. A quince años de convivir en esta vida dual de bits y sangre nadie es tan ingenuo de creer que habla en línea con alguien real. Todos en alguna medida aceptamos (y conviene que lo hagamos) que la virtualidad es literal: La red es una gran obra de ficción; un inmenso y complejo juego de monólogos, máquinas y máscaras.
Bogotá, 1977. Matemático y escritor de ficción. Coeditor de la revista de literatura y artes marciales HermanoCerdo.







Deacuerdo, al final 500
Deacuerdo, al final 500 amigos en Facebook o en cualquier otra red social pueden ser sinonimo de estar totalmente solo...
Saludos
hipersoledad
Exelente!... Es franco y humano