El que va a Andrés como quien va a hacer mercado tiene todo el derecho de aburrirse, claro: ni tanto que queme al santo, ni tan poco que no lo alumbre. A Andrés se debe ir como quien va a un ritual: poquito porque es bendito.
Defiendo a capa y espada la fiesta de Andrés Carne de Res, como Sancho defiende a su amo y señor, el más díscolo de los díscolos. Parto de que muchos de los momentos Kodak que pasan por mi cabeza como si me estuviera muriendo, cuando me da por recordar en un acto estúpido y repetitivo de melancolía, tienen como locación a ese extraño templo de la perdición y la alegría que es Andrés. “¡Qué frívola!”, dirán algunos…
Jamás le he tenido miedo a la frivolidad. Que tire la primera piedra el que no haya estado en Andrés Carne de Res. Que la tire aquél que no haya probado (y mirado) las mejores carnes de Colombia en esta meca del placer. Que la tire. No existe un lugar más excéntrico ni original al que uno pueda, por ejemplo, llevar a un extranjero para que se lleve un recuerdo (no bonito, sino duradero) de nuestra manera de celebrar, de nuestra manera de desmadrarnos (diría un mexicano).
El mejor argumento, el único, irrepetible e imbatible se llama Andrés Jaramillo. Él es en sí mismo un icono a través de cada detalle que va poniendo en las paredes de ese imperio que comenzó con un par de mesas, tres o cuatro buenas ideas y una buena sazón para asar carne. Si Da Vinci hubiera tenido intenciones de hacer un restaurante, muy seguramente se parecería al que día a día ha construido Andrés de la mano de su esposa Stella.
Pero todo lo que ha logrado no lo ganó porque sí. Lo más difícil de un restaurante, fuera de mantener calidad en la comida y dar un buen servicio, es que tenga un temperamento, imprimirle una personalidad que no parezca impostada. Como un ser omnipresente, Andrés Jaramillo es una suerte de chamán en ese sentido, pues la mística que se respira en este lugar es tan auténtica como la que uno se imagina que reunía a los indígenas en los ritos de otros tiempos. Todo gira alrededor de él y jamás se le ve despreocupado. Siempre está encima de sus meseros, de su cocinero, con los comensales, metido en el cuartito del dj. Ha dejado toda su creatividad al servicio de una gran puesta en escena en la que todo tiene su sello: los menús de manivela, las bolsitas de los cigarrillos, las cajas de fósforos con una foto suya en lugar de la usual de El Rey. Su originalidad va desde colgar la ampliación de un voucher firmado por Botero, hasta haber marcado una banca donde dice: “Acá puso su culo Maradona”. No parece estar nunca satisfecho, es uno de esos seres ególatras tremendamente generosos que todo lo quieren compartir. Andrés es el emperador de la estética popular colombiana, de lo popular de lujo, si se quiere. Con su restaurante ha rescatado todo lo que somos.
Nada de esto habría sido suficiente si la comida no tuviera exactamente esa misma mística que tienen la decoración o la música del lugar. Y para cocinar rico, no sólo se necesita mística, sino experiencia y organización. Es prácticamente un misterio cómo, en medio de ese bacanal que puede ser Andrés una noche de sábado, llegan a las mesas unos cortes de carnes que parecen sacados de Los Picapiedra, con el término exacto que uno pidió, acompañados siempre de guisos y ogaos perfectos, patacones crujientes, papitas criollas calientitas, arepas de choclo con el queso derritiéndose… Me gusta eso de que rumbear también sea comer. Me gusta que todas las gulas estén presentes en mi fiesta y me gusta, además, que es el único lugar en el que hay gente de todas las edades y se puede rumbear hasta con los papás (defecto de cual se quejaba no hace mucho mi contrincante en esta disputa, en un artículo publicado por El Malpensante).
Un día, sentada con Andrés, le pregunté si no estaba cansado ya, como a veces nos hemos sentido los que no nos hemos perdido ni la movida de un catre en su restaurante. Me dijo que había momentos en que sí se sentía un poco exhausto y entonces pensaba en quemar el restaurante con un gran incendio al que me invitaría. En menos de un segundo desvió la mirada hacia un mesero y con un gesto leve le indicó que lo estaban llamando. Entonces entendí que Andrés no puede abandonar a Andrés. Es la prolongación de su existencia, de su generosidad.






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Pero todo lo que ha logrado
Pero todo lo que ha logrado no lo ganó porque sí. Lo más difícil de un restaurante, fuera de mantener calidad en ibm braindumps la comida y dar un buen servicio, es que tenga un temperamento, imprimirle una personalidad que no parezca impostada. Como un ser omnipresente, Andrés Jaramillo es una suerte de chamán en ese sentido, pues la mística que se respira en este lugar es tan auténtica como la que uno se imagina que reunía a los indígenas en los ritos de otros tiempos. Todo gira alrededor de él y jamás se le citrix certification ve despreocupado. Siempre está encima de sus meseros, de su cocinero, con los comensales, metido en el cuartito del dj. Ha dejado toda su creatividad al servicio de una gran puesta en escena en la que todo tiene su sello: los menús de manivela, las bolsitas de los cigarrillos, las cajas de fósforos con una foto suya en lugar de la usual de El Rey. Su originalidad va desde colgar la ampliación de un voucher firmado por Botero, hasta haber marcado una banca donde dice: “Acá puso su culo Maradona”. No parece estar nunca satisfecho, es uno de esos seres ególatras tremendamente generosos que todo lo quieren compartir. Andrés es el emperador de la estética oracle certification popular colombiana, de lo popular de lujo, si se quiere. Con su restaurante ha rescatado todo lo que somos.
Andrés el rey del clasismo
No he ido a Andrés Carne de Res, y de hecho ni iría. Y si de tirar la primera piedra se trata, yo puedo acabar una casa a son de ésta.
Es que a caso ¿Este sitio es indispensable para pensar, hablar y vivir la cuidad?, ¿Hay que ir a este sitio para ser alguien como pasa con el fenomeno "Facebook" que si no estás ahí no existes?, si no voy a Andrés ¿seré un "leproso social" a quien todos mirarán de manera displicente para acentuar esta "leprosidad"? No lo creo.
Ah que infomercial tan acomodado no joda.
tampoco para tanto
Qué artículo más exagerado. Lo que ha logrado Andrés es volverse uno de esos sitios a los que mucha gente tiene que decir que ha ido para sentirse perteneciente a un círculo social determinado y no pasar pena en su ambiente universitario.
Efectivamente, como dice el artículo, puede ser un lugar para llevar extranjeros. Yo lo hice y pasé una pena. Estuve allí con unos amigos escandinavos y me dijeron algo así como: "los colombianos de clases ascendentes hacen tantas cosas para sentir que son colombianos especiales cercanos a ser europeos o norteamericanos, que se siente uno como en un montaje costoso y postizo sin contenido alguno". Terminamos la noche en una disco común y corriente de Chía. Más barata, de toda clase de música, colombianos y colombianas comunes y corrientes que hablan común y corriente y con un exquisito lugar de venta de empanadas y arepas deliciosas cerca.
Pero bueno, todo va en gustos. Lo único que opino es que el artículo es muy exagerado y publicitario, no dice nada de fondo ni nada interesante. Es un elogio a un negocio (y al dueño) que da plata y ya, como muchos otros. Restaurantes buenos es lo que hay. Carnes buenas se venden en muchas partes. La diferencia es que logró posicionar un nombre que amarró a ese tipo de gente que estudia en Los Andes solo por decir que estudia allá y no más, y no porque la universidad tenga una tradición específica y una excelencia en el área de conocimiento que, supongamos, le pudo interesar.
Nada del otro mundo.......
andrés
Un día me animé a ir. La comida no fue buena para nada: la carne sancochada, los acompañamientos sobrecocinados (es verdad que a los Colombianos nos puede gustar mucho lo sobrecocido). Una mesera absolutamente divina que no tenía ni idea de cómo atender, elevadísima. Pero era tan buena persona y tan bonita que le perdonamos todo. Bailé merengue. Me sentí culpable de desembolsar tanta plata en dos horas. No tomé trago pensando en cuántas cosas de l'Occitane en Provence podría comprarme con ese billete tan largo. Había niños. Chía de noche es lindo, cuando sales de Andrés es una dicha. Demasiado caro para la calidad de comida. Es decir, una experiencia totalmente colombiche: ponle buena cara mientras te roba.
No pienso volver. Un ambiente ochentero y decididamente tradicionalista. Hipernacionalismo llevado al nivel de parque temático... Una experiencia risible y olvidable. En eso se me pareció mucho a la relación del colombiano con su historia...
Mi comentario cínico, frívolo y real a la vez trata de decir que Andrés para mucha gente (para mí también) es un estandarte del arribismo y la división de clases de nuestra sociedad. Falta ver un Andrés más al norte; ¿en Queens?. Ah no muy obrero, muy inmigrante. De pronto en Williamsburg pero no, muy chic. Debe haber un factor de terratenencia, algo finquero en la cosa para que cuaje...