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El postpunk en Colombia toma un segundo aire

postpunk en Colombia

Portada de Enka

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Con más espacios dispuestos a recibir los sonidos de este género, bandas locales emergentes y la visita de agrupaciones de talla internacional, esta escena que explotó a finales de los años setenta ha encontrado la forma de permanecer vigente en nuestro país sin traicionar su espíritu subterráneo. Hablamos con los personajes y visitamos algunos de los lugares que hacen posible disfrutar de esta música marcada por los sintetizadores y una estética variopinta.

Andrés J. López / @vicclon

Son las 10:15 de una noche de sábado y poco a poco la gente va llegando a la Avenida Caracas con Diagonal 40A Bis, la esquina donde se encuentra Asilo, un espacio cuya fachada está tapada con carteles, calcas y grafitis. El lugar contrasta con los demás rumbeaderos del sector, en el corazón de Teusaquillo. Desde su apertura, hace ya siete años, le apostó a una música alejada del mainstream y la radio, con bandas en vivo y un ambiente que recuerda a emblemáticos bares como el CBGB. Esta noche se presentan tres bandas de tres países distintos: Teatro Unión (Colombia), Altocamet (Argentina) y Drab Majesty (Estados Unidos). Las tres llegan con sus sonidos de postpunk, un género hijo del punk que gracias a la perseverancia de músicos, gestores y seguidores lleva años tomando fuerza en el país.

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​Foto de Daniel Sierra.

 

 

El postpunk surgió tras el auge setentero de bandas como Television, Ramones y Sex Pistols, cuando algunos músicos se empezaron a alejar de las canciones de tres acordes, la velocidad en la interpretación, el concepto principalmente político y la estética saturada de taches, crestas y pantalones rotos. Esos elementos característicos del punk fueron reemplazados por sintetizadores, bajos más acentuados, tiempos un poco más lentos, letras con tintes oscuros, románticos y sentimentales (sin abandonar lo político y social) y un look muy variado según la banda: los de Joy Division se vestían de forma casual, con camisa, corbata y estaban bien peinados; otros, como Peter Murphy o Siouxsie Sioux usaban maquillaje, vestían de negro y salían a escena totalmente despelucados.

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​Teatro Unión en Asilo. Foto de Daniel Sierra.

 

 

Alejados del despeluque de los Siouxsie Sioux, los primeros en tomar el pequeño escenario de Asilo son los bogotanos de Teatro Unión. Esta agrupación que ha estado en eventos como Hermoso Ruido, Yavería y próximamente en el Cosquín Rock junto a 2 Minutos y Ska-P, combina guitarras distorsionadas, sintetizadores y una voz agónica para tocar lo que ellos llaman noise rock. Mientras hacen lo suyo, alrededor de 40 asistentes están regados por el sitio, unos en la barra o en su respectiva mesa, otros en el área de fumadores y los demás cerca al escenario, algunos de pie y mirando con extrañeza o curiosidad mientras los más conocedores o los que simplemente se dejaron contagiar por la música bailan y cabecean.

 

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Este derivado del punk llegó a Colombia en los ochenta, cuando la gente que tenía la oportunidad de viajar a Estados Unidos y Europa empezó a traer vinilos de Bauhaus, Sad Lovers and Giants o Birthday Party. En 1986 surgió la que es considerada la primera banda de esta onda en el país, Hora Local, aunque ellos en su momento no adoptaran esta etiqueta. En su alineación estaban el biólogo y periodista Eduardo Arias y el director musical Ricardo Jaramillo, recordado por trabajar con Kraken, la Big Band Bogotá y actualmente la orquesta Nueva Filarmonía. Durante cinco años no pararon de tocar en bares de Bogotá como Metro, Nix, Barbarie y La Casona y publicaron los trabajos El rock no te necesita / Matanza en el bar (single de 1988) y Orden público (1991). A pesar de su corta existencia, quedaron en la historia del rock colombiano y en 2007 salió el disco Soluciones para todo menos para los problemas, que recopiló sus dos lanzamientos y un tributo que contó con la participación de Carlos Vives, Aterciopelados, Odio a Botero, Nawal, Pornomotora y Morfonia.

 

 

Terminado el toque de Teatro Unión, que dura poco más de media hora, la música de vinilo se apodera del bar mientras los asistentes empiezan a dar su veredicto sobre la presentación. Para algunos estuvo muy buena, otros quedan confundidos y preguntan qué carajos es esto del postpunk o simplemente dicen que “esta música parece a la que escuchan los niños góticos de South Park”. 

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Imagen del primer concierto de Los Últimos Romántikos. Foto tomada del Facebook de la banda.

 

 

La división de opiniones siempre ha sido parte de la historia del postpunk en el país: mientras algunos siguieron la trayectoria de Estados Alterados, quienes lograron que su canción ‘El velo’ (1991) tuviera alta rotación por MTV, o Necro Nerds, un proyecto de los otros miembros de Hora Local, Gonzalo de Sagarminaga (batería) y Fernando Muñoz (guitarra), y que solo publicó el álbum Jupiterino (1990), otros prefirieron escuchar Aterciopelados, Ekhymosis, Kraken, La Derecha o 1280 Almas. Sin embargo, eso no estancó la movida, simplemente siguió con el público que en verdad se apasionaba por estos sonidos lúgubres.

En otras partes del país, a lo largo de los noventa, se armaron bandas que continuaron con el sonido que primero exploró Hora Local. Denuncia Pública fue una de ellas, cantándoles a la desigualdad y la violencia existentes en Medellín. Para 1991 cambiaron su nombre a Frankie Ha Muerto. Casi tres décadas después, estos paisas siguen vigentes, publicando este año su quinto álbum, Extremo. Otro referente importante es Los Últimos Romántikos, de Cali, una banda formada en 1999 por Alejandro Montaño y recordada por canciones como ‘La pocilga en el palacio’, ‘Pasajero 500 mil’, ‘Chico suburbano’ y ‘Por última vez’. Al comienzo de su carrera, estuvieron en eventos como la primera edición del Cali Underground (2004), uno de los festivales más importantes de la movida under de la ciudad y que aún hoy sigue apoyando a las agrupaciones independientes de metal, hardcore, punk, indie y postpunk.

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Altocamet y Drab Majesty. Fotos de Daniel Sierra.

 

En Asilo, la próxima agrupación en tocar es Altocamet, un trío de Mar del Plata, Argentina, que en 23 años ya cuenta con 13 trabajos entre discos de estudio, remixes y EPs. No es raro encontrarse con bandas extranjeras tirándole a esta onda: en Bogotá han estado Sixth June (Alemania y Serbia), Motorama (Rusia), Atari Teenage Riot (Alemania) y KaS Product (Francia), entre otros. Durante su presentación, Altocamet toca un setlist sombrío, con un bajo muy notable que se mezcla con las voces del vocalista y guitarrista Adrián Canu Valenzuela y la teclista y corista Mariana Monjeau. Al final, el público, que ya llega al centenar, aplaude y nuevamente se separa para tomar y hablar, mientras tanto el administrador de Asilo, Henry Muñoz, mejor conocido en esta movida como “Pasajero”, sube al escenario y abraza a la banda.

“Pasajero”, un bogotano de 37 años, se ha convertido en uno de los gestores que más se ha esforzado por mantener latente el postpunk en Bogotá. En 2011, Asilo abrió por la necesidad de darle un espacio propio a la escena. Antes de esto dependían de los préstamos que propietarios o administradores de otros bares les hicieran para montar una fiesta con estos sonidos, algo muy difícil de lograr los fines de semana, cuando la mayoría de gente ajena a la movida prefería ir a bailar salsa, reguetón o bachata. “Lugares como Socorro, cerca a la plaza de toros La Santamaría, fueron un referente importante para mí en esa época (2007, aproximadamente). También existieron sitios como Las Moscas, cerca a la Universidad Javeriana, y La Modelo, pero esos intentos no duraron porque no fueron rentables, no se veía tanto público y ningún empresario veía opcional montar un bar solo de postpunk”, recuerda “Pasajero”.  Estos lugares combinaban la música con electrónica, pop, punk y otros ritmos y no eran tan grandes. En el caso de Socorro solo había cuatro mesas, por lo que si la gente no quería bailar tenía que quedarse de pie. Al no encontrar más locales, se empezaron a hacer fiestas itinerantes en casas.

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A finales del año pasado, Henry le apostó a organizar el Ansia Festival, un evento independiente que quiere traer lo más representativo de la movida nacional y extranjera, rompiendo el mito de que para hacer un festival se necesita un espacio al aire libre y con asistencia masiva. A su primera edición fueron alrededor de 500 personas durante los tres días del evento en el que estuvieron, entre otros, Stockhaussen (México), Martial Canterel (Estados Unidos), Lust Era (Puerto Rico), Tumbas, Teenage Rimbaud y Los Últimos Romántikos. El evento pegó pero no fue tan exitoso como se esperaba. Aún así, el pasado 25 de mayo y el 1 y 2 de junio organizaron la segunda versión, que tuvo unas 300 personas por día y en el cartel estuvieron Institute, Void Vision (ambas de Estados Unidos), Rakta (Brasil), Human Tetris (Rusia), Espinoza, Sinestësicos, Antiflvx, Vltra Delta Drive y Sadkó, esta última con “Pasajero” como bajista.

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​Clan of Xymox. Foto de M. Gray.

 

 

Entre los tantos stickers que decoran Asilo en su interior hay varios de Bat Beat, un colectivo formado en 2008 por seguidores de la escena que se animaron a organizar fiestas y conciertos en una época en la que eran bastante escasos. Desde 2009 han hecho las Bat Beat Parties, muy recordadas entre la movida gótica bogotana y han traído a agrupaciones como Eyaculación Post-Mortem, una leyenda del death rock español que en 17 años ha publicado siete trabajos, entre esos De los muertos y sus costumbres, Temblad temblad malditos y más recientemente Noches de blanco Satán.

Luego de Bat Beat han surgido otros colectivos como Tropicalipsis Infecciosa, creado en 2011 con la idea de difundir los nuevos lanzamientos de bandas nacionales y extranjeras y también para organizar o invitar a la gente a los distintos eventos que hay en el país en torno al postpunk y demás sonidos oscuros. Algunos de estos han sido Belisario pa’ ti! (Cartago), con Psychopath Billy, Bombillos Peludos (tributo a Ramones), Los Últimos Romántikos y Sinestësicos; Antiperreo (Tulúa), con Sinestësicos y El Viejo Matadero; Stigmata Martyr (Cali), con Old Providence, Das Kelzer, Nancy Boy y McAbro; o las fiestas en los espacios culturales Armada 62 (Pereira) o Balcón del Ratón (Palmira).

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Ana Curra. Foto de Patricia Cadavid.

 

 

Entre el público de Asilo también están los miembros de Tumba Villa, un proyecto nacido en 2014 como una emisora online pero que al año siguiente se consolidó como un colectivo que busca servir de gestor cultural. Para ellos, la única forma de consolidar una escena en Colombia es “apoyando las bandas, mostrándolas y que logren expandirse de su círculo de amigos”. Al igual que Tropicalipsis, difunden proyectos y conciertos, pero también han hecho eventos en Gato a Go-Go y Lede, dos bares de Chapinero, en Bogotá, en el que han realizado Mal de Ojo, Brujas Violentas y Viviendo en un Mundo Muerto, en los que tocaron Tumbas, Clavos y Agujas, Sombras, Los Malkavian, La Procesión de lo Infinito, Sadkó, Mar Muerto, 11 Desaparecidos y Antiflvx.

Sobre el evento Brujas Violentas, organizado el pasado 16 de septiembre en Lede, el fanzine argentino The 13th publicó en su número 41 (de octubre) un artículo de ocho páginas titulado “Tumba Villa y el aquelarre de las brujas violentas”. El texto rescata la intención de Tumba Villa por mostrar el trabajo de las bandas colombianas y “crear ambientes oscuros de disfrute y goce en grupo, autogestionados y hechos a nuestra manera”. También hay una breve entrevista a Jennifer Vélez, integrante del colectivo Bogothá N Batcave y selector esa noche, sobre las agrupaciones del país, a lo cual ella dijo que acá hay muy buenos proyectos, pero lamentablemente no duran mucho. Otro artículo se lo dedicaron a Don Elvis, de Estados Alterados, reseñando su presentación en el Retrowave Party hecha en Asilo en julio y rescatando su capacidad para experimentar en vivo con los secuenciadores y máquinas de ritmo.

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​Drab Majesty. Foto de Daniel Sierra.

 

 

En la escena postpunk colombiana también se han visto fanzines. En 2012 Bat Beat lanzó el Bat Beat Fanzine, cuyos cinco números están en su página oficial e incluyeron entrevistas, reseñas de eventos y discos y hasta videojuegos recomendados. Otro proyecto que ha lanzado fanzines es Bogothá N Batcave, una iniciativa formada en 2013 para organizar espacios de presentación y ferias relacionadas con la onda oscura y siniestra. El mismo año de su creación lanzaron Bogothazo, que tuvo dos números hechos de la mano del colectivo y colaboradores. “La cultura de la violencia en Colombia nos ha permeado, por eso no nos gusta hablar y nos guardamos nuestras ideas. Con este fanzine quisimos contribuir a la búsqueda de identidades mezclando la movida con lo que ocurría en el país”, dice Juan Rubio, integrante de Bogothá N Batcave y bajista de 11 Desaparecidos. Las fiestas hechas por ellos han sido en espacios clandestinos como peluquerías de conocidos o cafés, con 10 o 50 asistentes, nada de publicidad, bandas en vivo y un espacio para vender merchandising. No han dejado del todo de hacerlas y no descartan agregarles cine clubs en un futuro.

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​Drab Majesty. Foto de Daniel Sierra.

 

 

Llega el turno para la última banda de la noche, los estadounidenses Drab Majesty. Bogotá es la séptima parada de su gira latinoamericana pues ya habían tocado en Santiago de Chile, Buenos Aires, Mar del Plata, Cusco, Lima y Medellín. El dúo llega promocionando su último álbum, The Demonstration, y por eso le dedican la mayoría del setlist. El sitio ya tiene alrededor de 150 asistentes que saltan, cantan, hacen air guitar y, como en cualquier concierto masivo, graban o toman fotos con sus celulares. El toque dura alrededor de una hora y luego “Pasajero” se adueña de las tornamesas para seguir con la música, mientras algunos fans les piden fotos y saludan a Deb DeMure y Mona D, los integrantes de Drab Majesty.

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​Foto de Daniel Sierra.

 

En el país antes eran escasos los toques de este tipo, pero ahora son comunes por la voluntad que le meten músicos, gestores y seguidores. “Antes Colombia no existía y [los promotores] solo se fijaban en México, Argentina y Brasil, entonces el hecho de que ahora vengan los exponentes y se devuelvan a sus países con la idea de que acá hay escena me pone muy contento”, comenta “Pasajero”. Juan agrega que la verdadera esencia del postpunk es permanecer en el underground, pero sí quiere ver más unión y apoyo entre las nuevas generaciones que buscan un guía para adentrarse a este mundo y las antiguas que quieren que alguien continúe con su legado.

 

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