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Lea el primer capítulo de ‘Animales del fin del mundo’, una novela sobre crecer en la Bogotá de los años ochenta

Lea el primer capítulo de ‘Animales del fin del mundo’, una novela sobre crecer en la Bogotá de los años ochenta

Portada del libro

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El debut como novelista de Gloria Susana Esquivel refleja el miedo y la incertidumbre que marcaron la infancia de muchos bogotanos durante esta década, cuando las bombas y la violencia hacían la cotidianidad. Hablamos con ella sobre este trabajo y nos dejó el primer capítulo, para que se anime a conocer esta nueva faceta de la periodista bogotana.

Alejandra Carreño

‘’Una vez que estaba en un taller de escritura con otros compañeros latinoamericanos y mencioné haber crecido en Bogotá a finales de los 80 y cómo las bombas hacían parte de la cotidianidad. Mis compañeros me miraban aterrados mientras hablaba de estas anécdotas de manera trivial. Ahí que me di cuenta que mi infancia, y la de aquellos que crecimos en ese momento en Colombia, tenía algo distinto pues estaba llena de zozobra y de una violencia muy naturalizada ’', cuenta Gloria Susana Esquivel, autora de Animales del fin del mundo, su novela début, publicada en marzo de este año.

La manera en que esa infancia estuvo marcada por la violencia y el miedo durante esa década es lo que quiere reflejar la escritora bogotana a través de la protagonista de la historia, Inés, una niña de seis años que le teme al fin del mundo más que a nada. Con ayuda de metáforas, la protagonista comienza a exponer sus realidades a medida que avanza la historia, que le tomó cinco años de trabajo a esta poeta, escritora y periodista. 

‘‘Está llena [la novela] de mucha investigación, mucha lectura hacia otros escritores que admiro y que pueden mostrarme caminos para resolver cosas que todavía no sé cómo resolver en mi ficción, y sobre todo está llena de mucha edición y reescritura’’, afirma Gloria Susana, quien el año pasado publicó El lado salvaje con la editorial independiente Cardumen, un libro de poesía, el primer género literario en el que incursionó. 

Ahora lo hace en forma de novela, apoyándose en metáforas para dar cuenta de unas realidades que vivieron los niños durante esos años en Bogotá y el país. Para no contarle más, y que se antoje de ir por este libro, lo dejamos aquí con el primer capítulo de Animales del fin del mundo.

 

***

1

El año que conocí a María vaticinaron el fin del mundo.
 
Los noticieros transmitían con frecuencia especiales en los que numerólogos y astrólogos formulaban hipótesis sobre la hora exacta en la que la Tierra se fracturaría, y papá, al teléfono, intentaba tranquilizarme diciéndome que sólo era un eclipse que apagaría el cielo, sólo por un instante, sólo unos segundos, y que tal vez podríamos verlo juntos.
 
Cuarenta se suicidaron en California y escogieron el fenobarbital como vehículo para evacuar el planeta. Una familia numerosa acabó con las existencias de enlatados en un pequeño pueblo de Alemania, lo que obligó a sus vecinos a ir por víveres, en pleno invierno, al municipio más cercano, y esto causó uno que otro caso de hipotermia. Un viejo en Australia vendió todas sus propiedades y durante seis meses vivió a la intemperie sobre su colchón comiendo baldes de pollo frito, mientras esperaba a que un asteroide se lo tragara.
 
Pero acá nadie se tomaba en serio los rumores del Apocalipsis, pues había otras urgencias.
 
En la casa, la única preocupada con la noticia era yo. Cada reporte que escuchaba me hacía temblar, y le pedía a mamá, entre susurros, que hablara con los abuelos y con Julia para tener un plan de contingencia por si llegaba a pasar algo: armar un cambuche en la sala de la casa o huir hacia la costa en el carro de la familia. Sin embargo, ella no me tomaba en serio y, en lugar de atender mi llamado de alerta, me agarraba por el cuello y comenzaba a experimentar nuevos peinados sobre mi cabeza. Yo me quedaba muy quieta mientras mamá insertaba cintas y diademas en mi pelo, y me ponía a mirar lejos, frustrada, pues no podía creer la manera en la que ella había decidido ignorar la posibilidad de que un meteorito nos llevara por delante.
 
Tenía seis años y había perdido dos dientes.
 
Cada vez que me acercaba a hablar con mi madre sobre el fin del mundo, ella se moría de la risa. Era una de las pocas veces en las que cambiaba su rictus ausente y parecía distraerse un rato. Me llenaba la cabeza con besos y luego se ponía muy seria y me pedía el favor de que les repitiera toda esa retahíla nerviosa a los abuelos, pues ellos se morían de ganas de conocer mi voz. Sin embargo, sus estrategias de persuasión resultaban en vano. Desde el momento en el que había aprendido a hablar, también había resuelto ahorrarme la mayor cantidad de conversaciones posibles. Recuerdo que, en ese entonces, las palabras se sentían como sanguijuelas frías que reptaban por mi vientre. Cada vez que iba a enunciarlas, sentía retorcijones intensos que me subían por la espalda. Para evitarme esa sensación incómoda, aprendí que los dedos de la mano eran suficientes para comunicarme. Aprendí también que las conversaciones que importaban eran las que tenía con mi madre, siempre atenta a proveerme de cualquier cosa que necesitara del mundo exterior, y las pocas que tenía con mi padre cuando llamaba por teléfono. Además, disfrutaba enormemente de ese silencio dulce y propio, que hacía que mantuviera los ojos bien abiertos y que me permitía percibir cualquier peligro en mi entorno.
 
El mutismo agudizaba mis sentidos y me mantenía alerta frente a cada señal que predecía catástrofes. Como la posible expansión del cosmos. O el envejecimiento irremediable de las estrellas. O la amenaza latente de que un día cualquiera el Sol estuviera a punto de tragarnos.
 
Justamente eso fue lo que ocurrió una mañana, a eso de las siete.
 
Mientras Julia cantaba para acompañar la larga labor de limpiar los pisos marmóreos de la primera planta, la abuela intentaba decidirse entre tres posibles atuendos. El abuelo tomaba una ducha y mamá se disponía a desayunar.

Yo dormía.

El abuelo cerraba los ojos para recibir un último chorro de agua fría sobre su cabeza, Julia silbaba. Mamá se levantaba de la mesa y caminaba unos pasos hacia la nevera. La abuela contemplaba, indecisa, un vestido azul oscuro que con cuidado había tendido sobre la cama.

El violento estruendo me expulsó del sueño.

Mamá no sintió que la tierra se agitara, lo que le hizo descartar la idea de que la conmoción se debiera a un terremoto. Frente a sus ojos, las claraboyas que componían el techo de la cocina rugieron de repente y se oscurecieron con polvo de cemento y vidrio que caían del cielo. Las tejas se abrieron y dejaron su horizontalidad; colgaban como si fueran estalactitas en una caverna. Se suspendían, afiladas, apenas a unos pocos centímetros sobre su cabeza. Las mirlas de la abuela, que dormían en su jaula sobre la mesa del comedor auxiliar, aletearon frenéticamente. Chillaban y se estremecían, volviendo la escena de la catástrofe un agudo grito de pájaro. La abuela corrió escaleras abajo y los peldaños metálicos retumbaron, haciendo eco del bramido que acabábamos de oír. Yo sólo atiné a levantarme de la cama.

 

El abuelo salió de la ducha y llegó desnudo a la cocina sin reparar en que el frío de la mañana y el subidón de la adrenalina habían convertido su piel gruesa y morena en una masa gelatinosa y erizada que latía. Caminé hacia la cocina. Sólo se escuchaba el trepidar de la jaula de las mirlas; el hierro de los barrotes chocando una y otra vez.

Así sonaba el cosmos abriendo su apetito. Un murmullo estomacal anunciaba nuestra muerte.

Con resignación, observé la escena. La abuela lloraba en una esquina de la cocina. Mamá miraba atónita el hueco que se había abierto sobre nuestras cabezas.

El abuelo temblaba.

Desde donde me encontraba podía entrever sus testículos por una pequeña brecha que se creaba entre su pelvis y la toalla con la que se había cubierto. Observé fascinada ese bulbo rugoso que se descolgaba entre sus piernas, como si estuviera espiando las misteriosas costumbres de los vecinos a través de una mirilla.

Sentí el impulso de acercarme y tocarlos.

La casa olía a azufre. El aire se hacía pesado con cada uno de los sollozos de la abuela, que se interrumpieron cuando el abuelo, medio desnudo, me arrebató del suelo y me llevó en sus brazos afuera de la casa. Bajamos las escaleras de caracol, atravesamos corredores y salones y llegamos a la puerta de una gran zancada. Alarmado, preguntó a los vecinos y a Julia, quien llevaba un buen rato caminando inquieta por la acera de enfrente, sobre lo que había sucedido. Nadie parecía entender de dónde había venido ese ruido que imitó la fuerza del agua rompiendo un dique. Uno de los hombres sacó un pequeño radio para escuchar las noticias. Sólo yo parecía entender que un tifón galáctico se aproximaba. Sentí el rozar astringente del pavimento bajo mis pies.

¿Será que se nos va a caer el cielo encima?, preguntó una voz lánguida que pertenecía a la única otra niña que se encontraba en medio de ese grupo de señores confundidos.

Sólo yo escuché su murmullo. Sólo yo oí a María. A sus palabras se superpuso una voz que apareció débil entre la estática del transistor. Narraba algo sobre quinientos kilos de dinamita escondidos dentro de un camión de basura.

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