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Las claves de Andrés Felipe Solano para escribir una novela como 'Cementerios de Neón'

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En esta entrevista, uno de los mejores escritores jóvenes del país nos permite ver las entrañas investigativas y narrativas de su más reciente libro. “Armé la trama y empapelé mi estudio de techo a piso con las páginas de la primera versión (…) Lo que me juego con esta novela son las relaciones de las personas después de la guerra: cómo incide esta en sus vidas cuando se quitan el uniforme y cuelgan el fusil”.

Fernando Salamanca

El bogotano Andrés Felipe Solano asumió el oficio de escritor siendo un tipo joven. Su primera novela, Sálvame, Joe Louis, la escribió hace diez años. Ya ha escrito cinco libros y ganado algunos reconocimientos, como el Premio Biblioteca de Narrativa con Corea: apuntes desde la cuerda floja. “Lo de joven es un chiste, en febrero cumplo 40 años —me dice—. Yo no creo que haya asumido nada, simplemente lo hice. No escribí mucho durante mi adolescencia ni cuando estudié literatura en los Andes, tal vez un cuento o algo por el estilo”.

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A mediados del año 2000 empezó a trabajar en Cromos con la ayuda de Piedad Bonnett. Su cabeza no estaba en las clases de lingüística de las siete de la mañana  sino en cómo cubrir la Vuelta a Colombia. Tres años después llegó a la sala de redacción de SoHo en donde pasó de ser periodista a ejercer el cargo de Editor de crónicas. “Encontré estrategias para editar, identifiqué dónde resbalaba como autor, en qué momento debía trabajar el ritmo o pulir frases y párrafos”. Como carpintero de textos que otros escribían se estrelló con autores que “eran medio intocables, otros estaban abiertos a mis sugerencias. Ser editor muy respetuoso no es bueno, es una costumbre que también se da en España. En el mundo anglosajón es lo contrario: se edita y revisa cada texto con lupa. Los escritores no están dispuestos a reconocer cuánto le deben a un editor, cosa que no es exclusiva del periodismo. En el mundo de la ficción existe la figura del autor intocable, aquel que dice “esto fue lo que salió, y nadie puede quitar o poner una coma””. Sin duda pues es cierta aquella frase según la cual un escritor no es otra cosa que el resultado de todas las películas vistas, todos los libros leídos y todos los oficios realizados.

 

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Corea: apuntes desde la cuerda floja está dividido en cuatro estaciones: invierno, primavera, verano, otoño. Se observa una línea de sucesión en la manera como están organizados los textos y su contenido: la lucha diaria por adaptarse a un país lejano, las mareas internas que lo agobian. “Cuando llegué a Corea, en enero de 2013, el frío me dio durísimo —me explica Solano—. Una cosa es el frío de Bogotá al que uno se acostumbra y combate con una chompa y una bufanda, pero 15 grados bajo cero es durísimo. Además, oscurece a las cuatro de la tarde. Decidí dividir el libro por la manera como me habitué climáticamente a Corea (…) La manera de echar el cuento fue un desdoblamiento que ocurrió gracias a las condiciones tan extremas que viví. Edité y cambié párrafos y frases para que el lector, al momento de leer el capítulo ‘Verano’, sintiese el calor y humedad del relato, para que mientras leyera fuera salivando y terminara tomándose un vaso de agua fría. García Márquez decía que un escritor debe hacer todo lo posible por evitar que el lector despierte, o sea, que continúe sumergido en la lectura, entretenido con el relato. Yo intenté algo similar, pero no tanto para evitar que el lector despertara sino para que sintiera lo que yo sentí, lo que padecí”. 

Entonces, en el proceso de autoedición de Corea, Solano imprimió todo el libro, unas 200 páginas, y las pegó en las paredes del estudio. Señaló párrafos, frases, bloques y los recortó para acomodarlos en el lugar que funcionaría mejor para el ritmo, la voz del narrador, la atmósfera. Tal vez escribir un libro no tiene un método o una ruta que garantice el éxito. Escribir un libro es, sobre todo, una tarea que requiere la paciencia del relojero suizo. “En algunos [fragmentos] sentía que el lector podía aburrirse, entonces añadí minicrónicas, amplié escenas y diálogos, eliminé desvíos, aburrimientos y distracciones”.  

 

Andrés, hablemos de Cementerios de Neón, su más reciente novela que cuenta la soledad de hombres y mujeres obsesionados con seguirle los pasos al otro en medio de la Guerra de Corea (1950-1953) y cómo ésta entrelaza sus vidas luego de la contienda.

Cementerios de Neón es una historia que tenía en la cabeza desde hace mucho tiempo, cuando entrevisté para la revista Cromos al cabo Danilo Ortiz, un veterano de la Guerra de Corea que hizo parte del contingente que envió en 1951 el gobierno colombiano de Laureano Gómez a pelear en Corea. El cabo Ortiz pasó la mitad de los tres años que duró el enfrentamiento con un radioteléfono al hombro y el resto del tiempo en un campo de prisioneros administrado por los chinos. Desde pequeño me llamó la atención las noticias que se publicaban sobre los combatientes de la guerra de Corea, y terminé de carambola viviendo allí. Ya que hablamos del tema, hace dos días se murió el comandante del Batallón Colombia, Alberto Ruiz Novoa, a los cien años, el único general colombiano centenario.

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¿Cuál fue el proceso de documentación de Cementerios de Neón?

Cuando estuve en la residencia literaria en Corea hace ocho años, comencé a averiguar sobre el papel del Batallón Colombia en la guerra de Corea pero no logré mucho. Un día de primavera visité el Museo Memorial de la Guerra de Corea en Seúl. Allí hay un pabellón pequeño, una salita de exposición sobre Colombia en la que se proyecta un video del contingente colombiano desembarcando en Incheon. La mayoría de los soldados que el país envió eran muchachos de pueblo varados, sin trabajo ni compromisos a quienes les sonó la idea de irse a la guerra. No sabían dónde quedaba Corea ni los motivos del conflicto, incluso algunos creían que iban a pelear a Crimea (Rusia), otros se equivocaban de guerra, cuando fueron llamados a pelear hubo un soldado que se despachó con un “¡Heil Hitler, hijueputas!”. Fue un batallón diverso, el 90% eran voluntarios, otros que tenían problemas con la justicia aprovecharon la oportunidad para escaparse, incluso encontré que un boxeador uruguayo se coló en el batallón.

 

¿Qué más encontró?

Leí testimonios de veteranos colombianos. El cabo Danilo Ortiz tenía un librito que cuenta su testimonio de la guerra, su rol en el batallón y las acciones militares del contingente, en el que detalla el tipo de armas utilizadas, el día a día de la guerra. El testimonio está escrito en un tono solemne, ceremonioso, que resalta el heroísmo de los soldados, la disciplina militar, etc. Ahora, una cosa es cierta, la modernización del ejército colombiano ocurrió después de la Guerra de Corea: la Escuela de Lanceros fue creada por veteranos que hicieron cursos de Rangers, unidades especiales y aprendizaje de lucha contraguerrillas en los Estados Unidos, en la Escuela de las Américas.

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En la primera parte de la novela, titulada ‘Flor de sal’, hay un claro puente que la comunica con la investigación de Corea: apuntes desde la cuerda floja. En la segunda parte llamada ‘Los vivos son falsos muertos’ es evidente que la investigación fue más rigurosa, nueva, casi obsesiva. Yo veo esta novela como una especie de thriller… ¿esa fue su intención o estoy hablando de más?

Sí, yo veo la novela como un thriller emocional y existencial, con un armazón de novela policíaca, pues hay observación e indagación en la búsqueda de los personajes, al menos en un principio. Lo que me juego con Cementerios de Neón son las relaciones de las personas después de la guerra: qué sucede con los hombres que lucharon en una guerra lejos de su país, cómo incide la guerra en sus vidas cuando se quitan el uniforme y cuelgan el fusil.

 

Uno de sus autores favoritos es Kurt Vonnegut, quien fue soldado estadounidense en Europa durante la Segunda Guerra Mundial. Vonnegut era prisionero de guerra cuando ocurrió el bombardeo de Dresde, en Sajonia, y escribió en 1969 Matadero cinco, una novela semiautobiográfica en clave de humor negro y sátira alrededor de la guerra y las vivencia de Billy Pilgrim, el alter ego del autor. ¿Matadero cinco fue de alguna manera referente para su más reciente novela, lejana de la solemnidad con la que se cuentan las guerras?

Luego de haber escrito Corea: apuntes desde la cuerda floja  me sentí liberado de las luchas internas y tensiones, estaba en condiciones de escribir esta novela. Yo quería hacer algo parecido a Matadero cinco, que fue un referente en el proceso de escritura. Yo no me sentía capaz de reconstruir la Guerra de Corea sin haber estado allí, como sí le sucedió a Vonnegut con la Segunda Guerra. Lo más próximo fue mi experiencia de vida en Corea del Sur, con la que rearmé la trama y los personajes de la novela. Ahora, sobre la solemnidad de la guerra. En Corea me invitan constantemente a dar conferencias sobre literatura juvenil, latinoamericana, la mirada de un extranjero sobre las obras coreanas. Una de mis mayores quejas es por qué no hay una novela sobre la Guerra de Corea con un toque de humor, de sátira. La literatura escrita por coreanos sobre esta guerra es solemne, al igual que el diario del cabo Ortiz.

 

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Por lo que cuenta en sus crónicas y libros veo en usted la necesidad de desaburrirse investigando y escribiendo. 

Me gusta apostarle a algo diferente. Salirme del centro. Cuando llego al punto de hastío me sacudo. Por ejemplo, cuando en SoHo planeamos el número del dinero (septiembre de 2008) decidimos hacer una crónica sobre el salario mínimo, una apuesta de inmersión en la vida de un trabajador colombiano. Llamamos a varios periodistas y colaboradores, uno tras otro dijeron que no, otros dijeron que lo iban a pensar, al final nadie se le midió. Me dejé llevar por mi intuición y le dije a Daniel Samper que yo hacía la crónica, y bueno, con su visto bueno me fui a Medellín sin familia ni amigos durante seis meses para trabajar en una empresa de confección como un empleado más.

 

Sus novelas y crónicas están escritas en primera persona, a excepción de Cementerios de Neón, la cual es narrada desde la tercera persona, desde el narrador omnipresente. ¿Por qué?

Es un cambio abrupto. En los apuntes de Corea la primera persona es muy fuerte. En Cementerios empecé a escribir la novela con la historia del Capitán Agustín Salgado Rivera, luego aparecieron más personajes que hicieron la trama más compleja, es decir, construí un mundo narrativo sólido para echar a andar el relato. No era posible escribir la novela en primera persona, para eso, hubiera sido necesario haber estado en la Guerra de Corea, y ser hoy un veterano, quizás condecorado. El personaje de Salgado entrelaza los tres capítulos del libro. Renuncié a la mirada desde el yo para que la novela cobrara vida.

 

¿Pensó el libro como una novela corta desde un comienzo?

En particular, la segunda parte de la novela fue un trabajo arduo de recopilar información. Por ejemplo, en internet encontré artículos sobre la historia nuclear de Colombia, leí con lupa la tesis de un físico de la Universidad Nacional sobre los proyectos nucleares en el país desde una perspectiva histórica, y complementé mi investigación buscando en la hemeroteca algunas notas de periódicos colombianos de los años cincuenta y sesenta sobre el tema.  Y bueno, el resto me lo inventé. Armé la trama y tal como ocurrió con Apuntes, empapelé mi estudio de techo a piso con las páginas de la primera versión de la novela: recortes por aquí y por allá, ajusté mil cosas. En esas me demoré un año, aunque el trabajo como tal lo comencé en 2013. En los primeros borradores me di cuenta de que estaba metiendo demasiada información, mi editor en Tusquets, Marcel Ventura, me dijo que si metía más cosas terminaría por enloquecer a los lectores con un mamotreto de quinientas páginas. Yo no quería eso, y al final la novela salió corta: doscientas páginas.

 

Si una novela es una “máquina de generar interpretaciones” y el autor no debe facilitar su análisis, queda un enigma por resolver: la relación sentimental entre el maestro Moon y el Capitán.

Así es, yo espero que con las pistas que dejé regadas a lo largo de la novela el lector solucione el misterio y haga su propia interpretación de la relación entre los dos veteranos. Yo no tuve la fuerza para extenderme quinientas páginas pero traté de dejar pistas escondidas para que el lector haga su trabajo. Algo deliberado, una historia circular que no se cierra.

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